1487. La conquista de Vélez
- Chesko González
- 5 nov 2024
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 20 ago 2025

Durante la segunda mitad del siglo XV España era lo más parecido a una telenovela de Antena 3. Por un lado, Isabel I de Castilla tuvo que pelearse con su sobrina Juana por la corona, consiguiendo de este modo el reconocimiento de su matrimonio con su primo Fernando II de Aragón (los celebérrimos Reyes Católicos). Por otro lado, el emir granadino Muley Hacén le hacía la guerra a su hijo Boabdil, alentado éste por su madre, Fátima la Horra, quien se sentía llena de despecho porque su marido la había dejado por una cristiana cautiva, Isabel de Solís, la cual se convirtió al islam bajo el nombre de Zoraida.
En 1482 Alhama de Granada fue tomada por los cristianos, perdiendo los musulmanes un lugar de gran importancia estratégica. Boabdil tuvo la pretenciosa idea de atacar Lucena, primero, para darle una lección a los cristianos y, segundo, para recuperar la imagen de postal del guerrero islámico. “El Chico”, como así llamaron más adelante a Boabdil, y no por ser bajito sino por su corto reinado, huyó cuando vio la superioridad del ejército del conde de Cabra, a quien las guarniciones de Lucena llamaron para socorrer la plaza. Pero cuando estaba escapando, tuvo la mala pata de meter su caballo en un lodazal y quedó inmovilizado. Entonces, saltó de su corcel y se escondió detrás de unos matorrales. Unos soldados lo descubrieron. Le habrían dado muerte si no fuera porque se dieron cuenta que aquel individuo no era un moro cualquiera. ¿Cómo? Por sus ropajes. Curioso es decir que sus atuendos se convirtieron en un valioso trofeo y que en el presente todavía se conservan. Pueden ser visitados en el museo militar de Toledo, donde podremos observar su espada, botas, polainas y sayo.

Fátima la Horra se presentó en Córdoba al frente de una comisión, rogándole al monarca Fernando II la libertad de su hijo. El rey católico, como buen diplomático, sacó partido de esta situación. Lo liberó a cambio de una serie de condiciones: Boabdil se haría vasallo del monarca cristiano, entregó a su hijo Áhmed como rehén y pagó un tributo de doce mil doblas de oro. Este pacto significó el principio del fin del reino nazarí, un territorio con dos facciones enfrentadas, la de Boabdil, inclinado por el pacto, y la de su padre, Muley Hacén, a favor de la guerra contra el infiel.
Muley Hacén murió en 1485, sucediéndole su hermano el Zagal, el cual continuó combatiendo a su sobrino. Como anécdota, el nombre de Muley Hacén derivó en Mulhacén, el pico más alto de Sierra Nevada. Una montaña alta, soberbia y testaruda, quizás como el penúltimo emir de la historia de España.
Por esas fechas los Reyes Católicos se trasladaron a Córdoba, de cuya ciudad partieron exitosas campañas militares. En 1484 toman Álora. En 1485, Ronda. Este mismo año se hacen con el control del castillo de Zalia (Alcaucín), importante nexo entre la Granada occidental y la Axarquía. En 1486 conquistan Loja. A principios de 1487 se reúne un ejército formado por los señores de la guerra (la alta nobleza), caballeros, hidalgos, peones, el clero, mercenarios, incluso condenados a muerte que redimen su castigo enrolándose. A la cabeza de todos ellos se encontraba el rey Fernando II. En las guerras medievales eran raras las batallas épicas a campo abierto. Lo que en realidad había eran las “cabalgadas”, o también llamadas “razzias”, donde huestes poco numerosas asaltaban aldeas y rapiñaban en territorio enemigo, para luego regresar a sus castillos con el botín de guerra. A todos estos soldados les movía el triunfo, la fama, pero también la codicia, el pillaje y el – como ahora – negocio de la guerra.
Esta expedición militar era distinta. Era de 20.000 caballos, 50.000 infantes y 8.000 hombres de apoyo, el ejército más numeroso del momento. Partió en primavera y tardaron 9 días en llegar a las puertas de Vélez-Málaga, recorriendo caminos impracticables, desde el puerto de los Alazores, pasando por Guaro, hasta el castillo de Zalia. Las condiciones meteorológicas tampoco ayudaron, produciéndose fuertes lluvias.
Acamparon frente a las murallas de la ciudad a mediodía de un 16 de abril de 1487.
El Zagal se encontraba entonces en la Alhambra vigilando a su sobrino Boabdil, el cual se había parapetado en el Albaicín con sus partidarios. Al recibir la noticia del avance cristiano en tierras axárquicas, envió refuerzos a la fortaleza de Vélez-Málaga al mando de su hombre de confianza: el alguacil Venegas. Éste llega a tiempo para reforzar la guarnición del castillo y hace saber a sus moradores que el emir vendrá con su ejército para ayudarles.
Fernando II Levantó un campamento en lo que hoy es el barrio Real Bajo. Como buen estratega, pensó en levantar un segundo con mejor visibilidad. Este lugar fue la ladera norte del actual Cerro de San Cristóbal, al que se le llamó el Real Alto (“Real” era el sinónimo de campamento militar). Desde allí se controlaba el territorio a la perfección y tenía unas vistas del alcázar inmejorables.

Vélez-Málaga, por aquel entonces, estaba constituida por un alcázar sobre la colina del actual barrio de la Villa, defendida por un primer anillo de fuertes murallas; la medina o la ciudad propiamente dicha, rodeada de un segundo anillo de igual resistencia que el anterior, si cabe decir; y los arrabales exteriores (actuales barrios de San Sebastián y la Gloria) con un tercer anillo de albarradas o muretes de piedra seca, frágiles y de poca resistencia. La toma de Vélez-Málaga al asalto habría sido imposible. Se necesitaba algo más para derribar aquellas colosales defensas. Para ello el rey Fernando contaba con una poderosa y moderna arma, la artillería, una aberración tecnológica que implantaba el terror entre los enemigos nada más ponerla en funcionamiento. La artillería partió desde Écija casi al mismo tiempo que el grueso del ejército cristiano desde Córdoba, pero, debido a la lentitud de su transporte, se estaba demorando.
El rey católico envió al cerro de San Cristóbal varias compañías de gallegos y vizcaínos para levantar el Real. De repente, los asediados atacaron por sorpresa. Venegas, líder en la defensa de Vélez, sabía que las fuerzas del Zagal estaban de camino y, por lo tanto, necesitaba impedir que sus enemigos completaran el cerco. Durante el ataque hubo muchas bajas entre los cristianos norteños, los cuales empezaron a huir. El rey se encontraba merendando debajo de un almendro y, al oír la algarabía de la batalla, se montó en su caballo y, acompañado de su guardia, envistió con tal fiereza que repelió el ataque de las tropas de Venegas, las cuales regresaron al interior de la ciudad. Sería al anochecer cuando terminaron de levantar el campamento.

Al día siguiente, 17 de abril, los cristianos asaltaron los arrabales exteriores después de un combate que duró más seis horas y donde se produjeron importantes bajas. Una vez tomada esta posición, comenzaron a cavar fosas y túneles con la finalidad de derribar los muros usando incluso explosiones de pólvora. Sin embargo, esto tomaba mucho tiempo.
El 18 de abril arribó a las costas de Torre del Mar una flota de 24 barcos con soldados castellanos-aragoneses, lo que infló aún más el número de asediadores. Esta flota tenía como misión no sólo proveer de suministros al ejército del rey Fernando II, sino también de defender las costas ante posibles ataques berberiscos del norte de África.
Entre el 18 y el 21 de abril no hubo enfrentamientos. El ejército de aquel entonces no era el que hoy tenemos. No había uniformes, ni disciplina, ni un mando único en un contexto moderno. Las prostitutas, las enfermedades venéreas, los juegos de apuestas, las borracheras y las peleas a cuchilladas eran lo normal. El rey, sabedor de estas vicisitudes, mandó que se cumpliera una ordenanza para prohibir tales negligencias.

El ejército del Zagal, mucho menor que el cristiano, llegó a la Axarquía el 21 de abril, pernoctando varias noches en el castillo de Bentomiz (Arenas). Este hecho levantó la moral de los asediados de Vélez. Durante los próximos días se produjeron sangrientas peleas en la sierra entre ambas fuerzas, a veces en terrenos donde la caballería no podía actuar por lo accidentado de la orografía. Ahora bien, el Zagal sabía que romper el cerco de la ciudad era un objetivo difícil y que la clave estaba en la artillería. Así que atacó el convoy de la artillería, que ya se encontraba muy cerca de Vélez. Pero Fernando II se le adelantó. Dividió en dos a su ejército, cuya mitad se movilizó hacia el lugar donde estaba el convoy, protegiéndola mediante un palenque circular. Simultáneamente, otra gran batalla se produjo en la sierra, cuyas tropas cristianas vencieron a los moros y tomaron la fortaleza de Bentomiz. El Zagal, viéndose derrotado, regresa a Granada. Una vez allí, no le dejan entrar. Su sobrino Boabdil se ha hecho con el control de la ciudad y le niega el acceso, el cual debe retirarse a Almería, baluarte que le es fiel.
Diez días después del inicio del asedio, el 27 de abril, la artillería por fin llega. Las mortíferas lombardas fueron colocadas en el cerro de San Cristóbal apuntando hacia Vélez.
Los moradores de la ciudad, perdida toda esperanza, se rindieron.







Comentarios