En Mi Bemol
- Chesko González
- 4 ene
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 5 ene

El 30 de abril de 1944, en Santa Fe (Argentina), se imprimió el libro Mis Memorias, escrito por el veleño Manuel González Herrera, quien emigró a América a comienzos del siglo pasado. Esta obra supera el simple relato autobiográfico para convertirse en un testimonio privilegiado de Vélez-Málaga durante el cambio de milenio, del siglo XIX al XX. Manuel fue un músico de formación autodidacta pero sólida, de clase obrera y militante socialista, cuyas memorias permiten reconstruir desde dentro la experiencia de una generación marcada por crisis económicas, desastres naturales (el terremoto de 1884 y las inundaciones de 1907), la plaga de la filoxera o la pérdida de las últimas colonias españolas. A través de sus páginas, González Herrera narra su trayectoria vital y nos ofrece una crónica minuciosa de la vida cotidiana, el trabajo, las fiestas populares, la música y la conciencia política de su época. Es, en otras palabras, un documento histórico de gran valor.
A continuación, desentrañaremos los entresijos de su diario.
Nacimiento y entorno familiar
Manuel González Herrera nació el 30 de junio de 1878 en Vélez-Málaga, en el seno de una modesta familia. Su padre se dedicaba al oficio de sombrerero artesanal, en una pequeña fábrica regentada por el abuelo materno. Sin embargo, por no poder competir con la industria mecanizada catalana, acabarían cerrando el taller. Por lo tanto, tuvo que buscar trabajo en diferentes sectores: obrero del Ingenio azucarero de Larios, carpintero de cajas de pasas para la exportación o incluso como bracero.

Manuel aprendió desde niño el oficio de fulista, encargado de confeccionar el casco del sombrero, aunque, como su padre, alternó diferentes oficios.
Su primer concierto
González cursó estudios de primaria con el maestro Blas José Zambrano García de Carabante, padre de nuestra insigne filósofa, durante el tiempo que este ostentó el cargo de maestro en Vélez-Málaga. La música, sin embargo, entró en su vida a través de su padre, miembro de una banda de música. Al advertir éste la inclinación profusa de su hijo por la música, comenzó a enseñarle solfeo en casa, por las noches, tras la jornada laboral. Manuel estudió con dedicación el método de Hilarión Eslava, demostrando una gran capacidad y constancia. En menos de un año, ya estaba formando parte de la banda local de su padre, cuya sede se encontraba en la casa del veleño Rafael Pérez Vega.


Su primer instrumento fue el trombón, y su debut público tuvo lugar el 5 de mayo de 1893 —con apenas quince años— en la Plaza de la Constitución de Vélez-Málaga, durante un concierto organizado para amenizar la conferencia del abogado republicano Enrique Herrera. La pieza que interpretó fue el pasodoble Victoria, de José María Montero Gallegos. El joven músico recordaba con humor cómo algunos de sus amigos se acercaron a la campana del instrumento para comprobar si realmente estaba tocando o si solo figuraba en la banda como relleno. Pero, efectivamente, tocó el trombón y, más adelante, también aprendió a tocar el cornetín, el bombardino, la tromba y la guitarra. Su carrera musical acababa de empezar.
Primeras giras
El maestro de música y pianista Rafael General asumió en 1896 la dirección de la banda de música de Vélez-Málaga. Este granadino afincado en nuestra ciudad desempeñó un papel decisivo en la formación musical de Manuel. Rafael representaba al maestro decimonónico: exigente, meticuloso, severo en los ensayos y profundamente consciente del papel educativo y moral de la música. Manuel lo recuerda como un director riguroso, poco dado a la complacencia, que no toleraba errores ni relajaciones, especialmente en los músicos jóvenes. Sin embargo, esa dureza iba acompañada de una auténtica vocación pedagógica, gracias a la cual hizo aumentar rápidamente la profesionalidad de la banda.
Pronto comenzaron las giras por los pueblos de la Axarquía. González describe estos desplazamientos como auténticas expediciones, realizadas muchas veces a pie o en carros, cargando los instrumentos por caminos de tierra, atravesando barrancos y lomas. Unas veces dormían en hospedajes sucios y precarios; otras, les servían almuerzos en pésimas condiciones; pero, en general, recordaba el trato hospitalario de los vecinos.

En pueblos como Almáchar, Sedella, Comares, Riogordo, Canillas de Aceituno o Moclinejo, la banda amenizaba ferias, fiestas patronales, romerías, procesiones y bailes nocturnos. En sus Memorias, Manuel recuerda con especial cariño la camaradería entre sus compañeros, la emoción de tocar ante un público entregado y la sensación de libertad que suponía salir del entorno familiar, aunque fuera por unos días.
No obstante, los ingresos como músico eran insuficientes e irregulares. Muchas actuaciones se pagaban tarde o en especie, y los salarios apenas permitían cubrir los gastos básicos. Este contexto de dificultades materiales explica su rápida adhesión a ideas obreristas. En 1894, siendo aún muy joven, asistió en Vélez-Málaga a un mitin del Partido Socialista Obrero Español celebrado en el antiguo Hotel Linares (Plaza del Carmen), encabezado por Pablo Iglesias, fundador del movimiento. Manuel quedó tan profundamente impresionado por el discurso y el ambiente de solidaridad obrera que se respiraba en el mitin que, desde entonces, comenzó su militancia en aquella agrupación.

La experiencia en el ejército
En 1897, en plena crisis del sistema colonial español, Manuel González Herrera fue llamado a filas e incorporado al Regimiento de Infantería de Mallorca, con destino inicial en Valencia. Gracias a su sólida formación musical, logró integrarse en la banda del regimiento tras superar un examen ante el músico mayor José Alcarria, quien le asignó una tromba en mi bemol.
Durante esta etapa, fue testigo del ambiente de tensión que se respiraba en los cuarteles ante la posibilidad constante de ser enviado a ultramar. La guerra de Cuba, iniciada en 1895, se había recrudecido, y el rumor del embarque hacia la isla generaba un miedo profundo entre los reclutas peninsulares, conscientes de las enfermedades, la mortalidad y la precariedad que les aguardaban en el Caribe. Hasta que finalmente se produjo su traslado a Cuba.

La llegada a la isla supuso un choque brutal: el calor extremo, la humedad constante, la mala alimentación y la desorganización logística del ejército español contrastaban con cualquier idea previa de servicio patriótico. Como músico, su función consistía en acompañar actos oficiales y contribuir a mantener la moral de las tropas, pero el contraste entre las marchas militares y la realidad de un ejército exhausto y mal abastecido generó en él una sensación creciente de absurdo y desengaño.
González Herrera comprendió que la guerra recaía de manera desproporcionada sobre los hijos de las clases trabajadoras, mientras que los sectores acomodados podían eludir el servicio. Cuba no fue para él un escenario de heroísmo, sino el lugar donde se derrumbaron definitivamente las ilusiones coloniales españolas.
Tras la pérdida de las colonias por la guerra contra Estados Unidos, se licenció. Manuel regresó a España profundamente marcado por la experiencia.
El regreso
Manuel se licenció del ejército en el año 1899 y regresó a Vélez-Málaga lleno de entusiasmo. Volvía con una formación musical más cohesionada por su experiencia en el regimiento. Incluso fue ascendido a cornetín primero en la banda local, que seguía siendo el principal espacio de trabajo para él. Pero la precariedad económica y la falta de horizontes profesionales continuaban siendo la tónica de su vida. Los ingresos eran escasos, se pagaban con retraso y, en ocasiones, estaban sometidos a suscripciones de los negocios locales, que solían ser insuficientes. Así fue como tuvo que echar mano de los trabajos que se le presentaban, como en la carpintería de su padre.
En 1904 decidió presentarse al examen de ingreso en Magisterio, el cual aprobó, empezando la carrera por libre y combinando el trabajo con los estudios. Con los pocos beneficios que obtenía de los conciertos con la banda pagaba los libros y las matrículas.
Unos años antes, su maestro Rafael General había fallecido y, para su sustitución, las autoridades locales habían nombrado a Juan Garrido nuevo director. Garrido era maestro en una fábrica de telares y sus aptitudes para el puesto resultaban incompetentes. Ante el riesgo de que la banda cayera en desgracia por la falta de profesionalidad, Manuel González fue elegido director por unanimidad.
La decisión de emigrar
Para un músico, la realidad de España en aquellos años era muy dura. Manuel tenía que multiplicar sus labores: estudiar Magisterio, trabajar en la carpintería, dirigir la banda de música y tocar en conciertos; y aun así estas actividades no le garantizaban una subsistencia digna. Esto reforzó su descontento y se convenció de que en España no existía un horizonte real de progreso para un músico cualificado como era él.
Manuel tomó la decisión tras un largo proceso de reflexión, influido por los relatos de otros emigrantes. Preparó el viaje con enormes sacrificios económicos y emocionales, consciente de que suponía una ruptura profunda con su tierra, su familia y su entorno cultural. Se marchó no para enriquecerse, sino para sobrevivir con dignidad, para ejercer su oficio en mejores condiciones y para escapar de un país que, en aquel momento, no ofrecía futuro a un músico obrero comprometido socialmente.
Así que en el año 1909 Manuel González Herrera se embarcó en el vapor trasatlántico León XIII rumbo a las Américas.
Se cumplen sus sueños
Manuel se marchó a Argentina. Allí inició una nueva etapa vital marcada al principio por la incertidumbre. Tras desembarcar en Buenos Aires y recorrer distintos puntos del país en busca de estabilidad, sus primeros pasos fueron modestos: pequeños empleos, actuaciones ocasionales y contactos con la colectividad española, que funcionó como una red de apoyo fundamental en aquellos años iniciales. Con el paso del tiempo, su prestigio como músico serio y disciplinado fue reconocido.

Se estableció en Alejandra (provincia de Santa Fe), donde asumió la organización y dirección de una orquesta local, formada en gran parte por jóvenes del pueblo que anteriormente habían pertenecido a una banda disuelta. A petición de una comisión vecinal, González Herrera se encargó de dirigirlos, seleccionar el repertorio adecuado al nivel de los intérpretes y formar nuevos músicos para completar la plantilla. Esta orquesta debutó públicamente el 25 de mayo de 1919, en el marco de las fiestas patrias argentinas, con el vals Sonrisas de Abril, de Maurice Depret, obteniendo una acogida muy favorable por parte del público y de cuya canción tomaron el nombre de la banda.
Manuel finalmente cumplió su sueño: dedicarse plenamente a la música.
Fuente
GONZÁLEZ HERRERA, MANUEL: Mis Memorias. Santa Fe. 1944.
Hemerooteca de la Biblioteca Nacional de España
Archivo fotográfico procedente de la Fundación María Zambrano (Vélez Málaga).
Blogs: La Pizarra de Oscar, La Sombrerería.
Wikipedia
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