El colgante de Trayamar
- Chesko González
- 19 dic 2025
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 22 dic 2025

Fenicios en la costa de la Axarquía
Hace aproximadamente tres mil años, flotillas de barcos arribaron a las costas de la Axarquía para instalarse en ellas, dejando una impronta cultural imperecedera. Se trataba de los fenicios, gentes procedentes del otro extremo del Mediterráneo, de una franja costera muy reducida, estrecha y montañosa, correspondiente al actual Líbano y la costa de Siria–Israel.
Motivados principalmente por el comercio de metales —estaño, plata y cobre—, partieron de ciudades como Tiro, Sidón o Biblos. No eran pueblos guerreros ni conquistadores, sino comerciantes y navegantes, cuya expansión se basó en el intercambio pacífico y la creación de redes comerciales.

Al llegar a la Axarquía, configuraron un paisaje costero articulado por asentamientos, fondeaderos y espacios funerarios, siguiendo un patrón fijo: las ciudades se situaban en una de las orillas de la desembocadura de los ríos, mientras que en la orilla opuesta se establecían las necrópolis. En la desembocadura del río Vélez, por ejemplo, se documenta un auténtico distrito fenicio formado por varios yacimientos: Toscanos, Peñón, Alarcón, Jardín, Cerro del Mar y Casa de la Viña.
Algo más al este, en el entorno del río Algarrobo, se localizan el Morro de Mezquitilla, considerado el asentamiento fenicio más antiguo conocido en la Axarquía, y Trayamar, su necrópolis asociada. En esa misma franja litoral aparecen además evidencias funerarias de gran interés en Las Chorreras.
La llegada de los fenicios supuso una profunda transformación tecnológica, económica y cultural del litoral oriental malagueño entre finales del siglo IX y el siglo VII a. C. Este conjunto de innovaciones —que no se implantó de manera inmediata— alteró las formas de vida de las poblaciones indígenas. El proceso nos recuerda inevitablemente al célebre sketch de los Monty Python “What Have the Romans Ever Done for Us?” de La vida de Brian.
Los fenicios introdujeron el torno de alfarero, sustituyendo la cerámica modelada a mano; perfeccionaron la metalurgia del hierro y desarrollaron una orfebrería de gran calidad; difundieron una arquitectura basada en piedra y adobe, con sillares bien escuadrados y casas de planta rectangular; construyeron embarcaciones más robustas e implantaron técnicas de pesca intensiva; introdujeron el alfabeto; fomentaron el cultivo de la vid y el olivo; y aportaron nuevas ideas: símbolos, amuletos, rituales y una religiosidad que combinaba la tradición fenicia con elementos de la religión egipcia, muy en boga en todo el Mediterráneo durante el primer milenio antes de nuestra era.

Primeras excavaciones de Trayamar
Trayamar se localiza en el término municipal de Algarrobo (Málaga), en una loma vinculada a la vega y al antiguo cauce del río Algarrobo. Entre 1930 y 1931, unas obras relacionadas con la construcción de una presa hidráulica sacaron a la luz una sepultura antigua, que quedó parcialmente expuesta y dañada. Parte del material pudo salvarse gracias a la intervención de Ramón Fernández Canivell, hijo de Bernabé Fernández Sánchez, inventor del conocido medicamento Ceregumil.
La arqueología científica llegaría más tarde, ya en la década de 1960, de la mano del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid. Los arqueólogos Hermann Schubart y Hans Georg Niemeyer, que ya habían trabajado en Toscanos, investigaron el área y documentaron cuatro sepulturas de cámara del siglo VII a. C.. Sin embargo, los trabajos se vieron gravemente condicionados por un problema crucial: varias de las tumbas sufrieron daños e incluso destrucciones a causa de obras contemporáneas, mientras se tramitaban los permisos administrativos
La tumba nº 4
Nada hacía presagiar un hallazgo especialmente revelador cuando comenzaron los trabajos en la tumba nº 4. La excavación permitió constatar que la cámara funeraria había sido violentada ya en la Antigüedad. Los saqueadores removieron los esqueletos y se llevaron buena parte del ajuar, del que apenas quedaron restos de algunas cerámicas y objetos, entre ellos una pequeña plaquita perteneciente a un antiguo cofrecillo de marfil.
Todo indica, sin embargo, que los asaltantes abandonaron la tumba de manera precipitada, sin revisar por completo su interior. En una esquina, entre los huesos de uno de los enterramientos, dejaron olvidada la joya más valiosa del conjunto: el colgante de Trayamar.

El colgante
El colgante de Trayamar es una pieza de pequeño tamaño, pero extraordinaria por la calidad de su manufactura. Apenas 2,5 centímetros de diámetro y 6,7 gramos de peso bastan para concentrar un complejo universo simbólico y técnico. Presenta forma de disco circular, provisto de una suspensión superior cuidadosamente elaborada, mientras que el dorso, liso y sin decoración, indica que toda la carga simbólica estaba destinada a mostrarse hacia el exterior, visible ante los ojos de los vivos. Ello sugiere que su portadora lo llevó en su vida cotidiana.
En cuanto al material, se trata de un disco de plata recubierto de oro, ricamente decorado mediante técnicas de granulado y filigrana. Desde el punto de vista técnico, el colgante constituye una auténtica obra maestra de la orfebrería fenicia arcaica. El artesano —oriundo de estas tierras posiblemente— recurrió a la técnica del granulado, que enmarca el borde del disco y construye parte esencial de la escena decorativa, con más de 500 bolitas soldadas. A ello se suma el uso de la filigrana, mediante finísimos hilos y alambres metálicos, así como el punzonado, empleado para perfilar y delimitar los distintos motivos iconográficos. El sistema de suspensión, de tipo tubular y rematado con coronas de pequeñas esferas, demuestra un cuidado técnico que va mucho más allá de lo funcional y refuerza el carácter prestigioso del objeto.

La iconografía del colgante nos sitúa en un Mediterráneo donde Egipto estaba de moda. Serpientes uraei (cobra) emergen del magma primordial —la materia originaria de la que, según la cosmovisión oriental, se creó el mundo—, en cuyas cabezas se posan dos halcones con los bastones del faraón, un disco lunar y, encima, el disco solar con alas (el dios Horus), jalonado por dos serpientes, todos ellos integrantes de un repertorio egiptizante ampliamente difundido en los contextos fenicio-púnicos y asociado al prestigio y a la protección.
El contexto funerario del hallazgo aporta una clave decisiva para comprender su función. El colgante no fue concebido exclusivamente para la tumba. Como otros medallones y escarabeos fenicio-púnicos, se trataba de una joya utilizada en vida, portadora de protección y estatus, que finalmente acompañó a su propietaria en el tránsito al Más Allá. Su depósito funerario prolongaba esa función protectora más allá de la muerte.

Por último, el colgante de Trayamar no es una pieza aislada. Existen paralelos iconográficos muy estrechos en Cartago (actual Túnez) y en otros enclaves del Mediterráneo central, así como ecos peninsulares de gran relevancia, como el Tesoro de Aliseda. No obstante, los estudios coinciden en señalar que el ejemplar de Trayamar destaca dentro de este reducido grupo por la excepcional calidad de su ejecución, lo que lo convierte en una de las joyas más refinadas del repertorio fenicio occidental.
Hoy la joya original se exhibe en el museo arqueológico de Málaga y existe una copia en el MVVEL (Vélez-Málaga)


Conclusión
El colgante de Trayamar no es una joya sin más: constituye una prueba material de la integración de la Axarquía en las grandes redes mediterráneas del siglo VII a. C., y de cómo una élite local —fenicia o fenicio-occidental— construyó identidad y prestigio mediante una arquitectura funeraria monumental y objetos de extraordinario valor simbólico. Al mismo tiempo, es un recordatorio de la fragilidad del patrimonio arqueológico: entre hallazgos fortuitos, destrucciones y saqueos, lo que hoy conservamos es casi un rescate.
Desde el punto de vista histórico, su iconografía actúa como un puente entre mundos: adopta el lenguaje egiptizante de moda, pero lo pone al servicio de una idea profundamente fenicia, la del betilo como presencia divina y como poderoso amuleto de protección.
Fuentes
El colgante fenicio de Trayamar. Irene Seco Serra. Andalucía en la historia, Nº. 31, 2011, págs. 36-39
Las tumbas de cámara 2 y 3 de Trayamar en Algarrobo (Málaga). Ramón Fernández Canivell, Hermanfrid Schubart, Hans Georg Niemeyer. Zephyrus: Revista de prehistoria y arqueología, Nº 18, 1967, págs.
Trayamar: los hipogeos fenicios y el asentamiento en la desembocadura del río Algarrobo. Hermanfrid Schubart, Hans Georg Niemeyer. Ministerio de Educación y Ciencia, 1976.
Sarcófago fenicio del siglo VIII a. C. en Las Chorreras (Vélez-Málaga. Málaga)
Davinia García Zayas, Emilio Martín Córdoba, Antonio Oliver León, Victoria Peña Romo, Miguel Vila Oblitas. Mainake, ISSN 0212-078X, págs. 67-88
Necrópolis fenicias de los siglos VIII-VII A.C. en la desembocadura del río Vélez (Vélez-Málaga, Málaga). Emilio Martín Córdoba, Juan de Dios Ramírez Sánchez, Victoria Ruescas Pareja, Ángel Recio Ruiz. Mainake, Nº. 28, 2006, págs. 303-331
Wikipedia
Gazeta de Cádiz
Chat gpt







Comentarios