Ellos construyeron pirámides; nosotros, rascacielos.
- Francisco Miguel González López

- hace 21 horas
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Cuando miramos al pasado –a través de esa pequeña ventanita que es nuestro conocimiento– solemos juzgar a la humanidad con la arrogancia del presente. De este modo, tenemos la tendencia a creer que quienes nos precedieron eran más ignorantes, más atrasados o incluso más idiotas que nosotros, simplemente porque desconocían la prodigiosa tecnología de la que disponemos en la actualidad.
Esta dicotomía entre modernidad y atraso hunde sus raíces en la Ilustración europea del siglo XVIII, momento en el que comenzó a consolidarse una concepción de la Historia entendida como "progreso". La llamada teoría de los cuatro estadios, desarrollada por los escoceses Adam Smith y Adam Ferguson, clasificaba la evolución de las sociedades en diferentes etapas, desde formas consideradas más simples hasta otras progresivamente más complejas. Otros pensadores, como Voltaire y, especialmente, Condorcet, presentaron la Historia como una sucesión de niveles que avanza mediante el desarrollo de la razón, la ciencia y la educación.
Poco después, durante el siglo XIX y en paralelo al desarrollo de la Revolución Industrial y del evolucionismo social, esta concepción adquirió una formulación mucho más rígida. Autores como Lewis Henry Morgan y Edward B. Tylor propusieron modelos de evolución cultural en los que las sociedades atravesaban diferentes estadios de desarrollo, desde formas consideradas «primitivas» hasta la civilización moderna actual. En la práctica, el modelo tendía a situar a la sociedad occidental como la culminación de ese proceso. Y no resulta casual que esa supuesta cúspide coincidiera precisamente con países europeos como Alemania, Reino Unido o Francia, protagonistas de la industrialización.
De hecho, hemos heredado este esquema jerárquico –de peor a mejor, de abajo hacia arriba, de lo simple a lo complejo–. Comparamos el conocimiento con la inteligencia, la tecnología con el progreso. De este modo, acabamos en una trampa mental que nos coloca en el pico de una transformación gradual que consideramos irrefutable. Nada más lejos de la realidad.
Un campesino del siglo XV no conocía la electricidad y, sin embargo, podía poseer unas habilidades extraordinariamente sofisticadas sobre agricultura, meteorología, animales, suelos, plantas, conservación de alimentos o supervivencia. En otro ejemplo, los sacerdotes de la cultura sumeria no tenían telescopios, pero esto no les impedía conocer a la perfección los movimientos de astros y estrellas, ya que pasaban la mayor parte de su vida dedicados a la hermosa tarea de descifrar los misterios del cielo.
En el extremo opuesto, hoy, una persona de ciudad y carente de ciertos conocimientos astronómicos podría perderse fácilmente en la montaña durante la noche. Sin embargo, un cabrero analfabeto y sin ninguna tecnología puede ser capaz de orientarse y guiar su rebaño durante la noche gracias a las estrellas.
Esta corriente de pensamiento, que tiende a contemplar a las sociedades del pasado como incapaces o intelectualmente inferiores, puede adquirir un cariz radical. Existen numerosos colectivos sociales e incluso comunidades digitales que creen que los egipcios no pudieron construir las grandes pirámides porque carecían de la tecnología necesaria para hacerlo y que, además, nosotros tampoco seríamos capaces de reproducir semejante hazaña pese a disponer de una maquinaria infinitamente más avanzada.
¿Y a qué recurren, entonces, para explicarlo? A civilizaciones extraterrestres. Indudablemente, estos planteamientos constituyen una soberbia falacia.
El egiptólogo Tito Vivas en el canal de Youtube Aprendemos Juntos dice al respecto que esta narrativa pseudocientífica y de misterio no viene de la lógica ni de la razón, sino de los sentimientos y de la emotividad. El problema surge cuando, haciendo caso omiso de más de dos siglos de investigación arqueológica, histórica, filológica, epigráfica, antropológica y científica, se sustituyen las evidencias por relatos de lo inexplicable, mucho más atractivos, sencillos y comercializables. Los mitos venden. Y, en ocasiones, también hacen millonario a más de uno.
Bajo mi punto de vista, incurrimos en un profundo error cuando observamos a las poblaciones del pasado como seres atrasados, extraños o intelectualmente inferiores. No lo eran. Eran seres humanos como nosotros. Tenían las mismas necesidades fundamentales, los mismos miedos, los mismos deseos, las mismas ambiciones y, sobre todo, la misma confrontación inevitable con la vida y con la muerte.
Ellos construyeron pirámides; nosotros construimos rascacielos. Entre ambos edificios median miles de años y lo único que los diferencia son el tiempo que les tomó hacerlos y la motivación que los impulsó a construirlos. Se estima que la pirámide de Keops tardó unos 20 años en terminarse; Un rascacielos, de 2 a 4 años. Las pirámides fueron levantadas por creencias religiosas; los rascacielos, por poder económico o por prestigio.
Pero hay algo fundamental que los une, independientemente de la temporalidad y el método de construcción: ambos edificios fueron construidos por manos humanas que se parecían, por no decir que eran iguales, a las nuestras.
Y ya, para terminar, podemos acabar afirmando que la humanidad siempre ha sido —y seguirá siendo— esencialmente la misma.



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