Viajeros extranjeros en la Axarquía durante siglo XIX
- Francisco Miguel González López

- hace 7 horas
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EL ROMANTICISMO
Durante el siglo XIX, Andalucía se convirtió en uno de los destinos más recurrentes para los viajeros europeos. Mientras la Revolución Industrial transformaba profundamente las grandes ciudades del norte de Europa, escritores, artistas y aristócratas emprendieron largos viajes hacia el sur del continente en busca de un mundo que consideraban exótico, sembrado de ruinas históricas y apenas alterado por la modernidad. España, y especialmente Andalucía, representaban para ellos una tierra legendaria donde aún podía contemplarse el legado islámico.
Este fenómeno debe entenderse dentro del auge del Romanticismo, movimiento cultural que dominó buena parte de la primera mitad del siglo XIX. Frente al racionalismo ilustrado del siglo XVIII, los románticos valoraban la emoción, la naturaleza, la historia medieval, lo exótico y lo pintoresco. Andalucía reunía todos esos elementos: ciudades de origen musulmán, fortalezas árabes, montañas abruptas, caminos poco transitados, ventas aisladas, bandoleros convertidos en personajes célebres y una población cuyas costumbres despertaban una enorme curiosidad entre los visitantes extranjeros.

La provincia de Málaga ocupaba una posición privilegiada dentro de estas rutas. Su puerto mantenía intensas relaciones comerciales con Gran Bretaña y el norte de Europa, lo que facilitaba la llegada de viajeros del septentrión. Además, la fama de su clima atrajo a numerosos médicos y pacientes británicos, convencidos de que el aire templado del litoral mediterráneo resultaba beneficioso para enfermedades pulmonares como la tuberculosis. Desde Málaga partían varias rutas hacia Granada, siendo una de las más frecuentadas la que recorría la costa oriental hasta Vélez-Málaga para internarse después por Zafarraya y Alhama.
Muchos de estos curiosos viajeros no se limitaron a narrar sus impresiones personales, sino que realizaron auténticos estudios sobre la agricultura, el clima, las comunicaciones o el comercio. Sus libros, publicados en Londres, París, India, Rusia, Berlín o Nueva York, contribuyeron decisivamente a construir la imagen internacional de Andalucía durante el siglo XIX.
Las nacionalidades de estos viajeros fueron muy diversas, aunque predominaron claramente los británicos, favorecidos por las intensas relaciones comerciales existentes entre Málaga y el Reino Unido, con la exportación de pasas, frutos locales y vinos. A ellos se unieron franceses, alemanes, estadounidenses, portugueses italianos e incluso rusos. Sus perfiles también fueron muy variados: encontramos militares que recorrían la Península durante la Guerra de la Independencia, diplomáticos, médicos interesados en el clima, escritores románticos, pintores, geógrafos, naturalistas o simples viajeros acomodados que realizaban el entonces denominado Grand Tour por el sur de Europa.


Las descripciones conservadas permiten reconstruir con notable precisión cómo eran la Axarquía y especialmente Vélez-Málaga antes de las grandes transformaciones económicas provocadas por la filoxera, la industrialización y el desarrollo urbano del siglo XX.
LOS CAMINOS
Hasta bien entrado el siglo XX, las comunicaciones terrestres de la provincia de Málaga seguían dependiendo en gran medida de antiguos caminos medievales, estrechos, mal conservados y muy vulnerables a las lluvias y avenidas de los numerosos arroyos que atraviesan el territorio.
Desde la capital partían varios itinerarios principales que articulaban las comunicaciones con el resto de Andalucía. Hacia el oeste discurría el camino de Málaga-Antequera-Sevilla, principal vía de enlace con la Meseta y el valle del Guadalquivir; hacia el norte, el camino de Málaga-Antequera-Córdoba; hacia el noroeste, la ruta de Málaga-Ronda, que atravesaba la Serranía; y hacia el este, el Camino Real de la Costa, que comunicaba Málaga con Vélez-Málaga para continuar posteriormente hacia Motril, Almería y Granada. A esta red principal se sumaban numerosos caminos secundarios que enlazaban la capital con los pueblos de la Axarquía, los Montes de Málaga y el valle del Guadalhorce.
La situación comenzó a mejorar durante el reinado de Carlos III (1759-1788), cuando la monarquía impulsó un ambicioso programa de modernización de los Caminos Reales con el objetivo de favorecer el comercio, agilizar el servicio de correos y facilitar el desplazamiento de viajeros, funcionarios y tropas.

En la costa oriental se acometieron importantes obras de mejora del Camino Real de la Costa, acondicionando el antiguo trazado entre Málaga y Vélez-Málaga mediante la consolidación del firme, la construcción de puentes y pontones sobre arroyos y ramblas, así como diversas obras de fábrica destinadas a facilitar el tránsito de carruajes durante gran parte del año.
Los viajeros extranjeros del siglo XIX corroboraron estas mejoras. Charles Rochfort Scott, en su Excursions in the Mountains of Ronda and Granada, with Characteristic Sketches of the Inhabitants of the South of Spain (1838), afirmaba que el camino se encontraba «razonablemente bien conservado» y que podía recorrerse en carruaje durante cualquier estación del año, mientras William Jacob destacaba igualmente la buena calidad del primer tramo del itinerario junto al Mediterráneo.
Sin embargo, la situación cambiaba por completo al llegar a Vélez-Málaga. Desde la capital de la Axarquía el Camino Real abandonaba el litoral para internarse en las sierras a través de La Viñuela, Alcaucín y el Boquete de Zafarraya. Allí desaparecía la carretera apta para carruajes y comenzaban los estrechos caminos de herradura, lo que obligaba a la mayoría de los viajeros a sustituir las calesas por caballos o mulas.

Al mismo tiempo, este tramo constituía una de las experiencias más memorables para los viajeros extranjeros. El trayecto suponía un auténtico viaje de descubrimiento y les impresionó profundamente, habiendo dejado descripciones de gran valor para reconstruir el paisaje y las comunicaciones de la comarca.
DISTANCIAS Y TRAYECTOS
En el siglo XIX las distancias se expresaban en kilómetros, leguas españolas o, más habitualmente, en horas de camino. La duración del trayecto dependía del medio de transporte, del estado de los caminos, de la estación del año e incluso del caudal de los ríos que era necesario cruzar, pues en algunos tramos no existían puentes.
El primer tramo del recorrido, entre Málaga y Vélez-Málaga, era el más cómodo y transitado. La mayor parte de los viajeros coincidía en calcular una duración de entre cinco y seis horas.
Louisa Tenison, en su Castile and Andalucia (1853), escribía: «Salimos de Málaga por la tarde, ya que el trayecto hasta Vélez no ocupa más de cinco o seis horas.»



El médico británico Edwin Lee ofrece una temporalidad muy semejante al señalar que Vélez-Málaga se encontraba a unas cuatro horas de viaje por la costa, aunque en otro pasaje de su obra indica que el trayecto requería aproximadamente cinco horas, diferencia que probablemente dependía del tipo de transporte utilizado.
Charles Rochfort Scott fue aún más preciso y cuantificó la distancia: «La distancia desde Málaga hasta Vélez, aunque se calcula en seis leguas españolas, no es más que de unas dieciocho millas inglesas.»
Estas dieciocho millas inglesas equivalen aproximadamente a veintinueve kilómetros, una cifra muy cercana a la distancia real existente entre ambas ciudades.
William Jacob confirma igualmente que este primer tramo discurría junto al Mediterráneo y constituía uno de los pocos sectores del recorrido que podía realizarse cómodamente en carruaje.
La carretera cambiaba al internarse en la Axarquía. Sir John Carr explica que había alquilado una calesa únicamente para llegar hasta Vélez-Málaga, ya que el camino hacia Granada resultaba impracticable para los carruajes. A partir de allí era imprescindible continuar montado en una mula o a caballo.
Edwin Lee en 1854 describe en su Notes on Spain:
«Existen servicios públicos hacia Vélez-Málaga, situada a unas cuatro horas de viaje por la costa, y hacia Granada: un correo y una diligencia; el primero emplea doce horas y la segunda dieciocho. El viaje desde Granada a Madrid requiere cuarenta y ocho horas. El correo emplea trece horas y la diligencia dieciocho para llegar a Granada; pero la primera mitad de la carretera desde Málaga, hasta Loja, es tan execrable que resulta preferible viajar por Alhama, lo cual puede hacerse cómodamente en dos días, o incluso en uno, siguiendo la carretera principal hasta Vélez-Málaga (cinco horas) y tomando después mulas (enviadas previamente) para el resto del viaje. Esta ruta es también más interesante que la carretera de diligencias; aquí y allá presenta algunos paisajes agradables antes de llegar a Alhama.»
El escritor ruso Vasili Botkin, que se dirigía a Vélez desde Granada, explica en sus Cartas sobre España (1845) que rechazó la diligencia oficial porque rodeaba las sierras por Loja y prefirió seguir el antiguo camino utilizado el abrupto camino del Boquete de Zafarraya, desplazándose a caballo acompañado por un guía local:
«Entre Málaga y Granada circula una diligencia, pero se desvía por Loja rodeando las sierras. En ella viajan principalmente mujeres y extranjeros. Los naturales acostumbran a viajar a caballo por el camino de montaña, reuniéndose varios para mayor seguridad. Este trayecto me parecía mucho más interesante.»
Entonces, Botkin contrata como guía a Lansa, un famoso transportista, cuyo nombre podría ser una transcripicón errónea del apellido Lanzas. Sigue escribiendo:
«Toda Málaga sabe que Lansa había sido contrabandista y mantenía relaciones permanentes con las partidas de bandoleros entre Málaga, Ronda y Granada. Sin embargo, gozaba de la confianza de todos. Nunca se perdían las mercancías ni eran robados los viajeros que iban con él.»


Este mismo itinerario lo llevó a cabo el escocés Robert Semple y nos dejó un valioso testimonio de su llegada al Boquete de Zafarraya:
«Después de recorrer tres leguas alcanzamos el Boquete de Zafarraya, abierto entre elevadas montañas. Cerca de aquel paso había una venta solitaria, casi la única casa que habíamos visto desde que abandonamos Alhama. En este desfiladero nos cruzamos con unos cuatrocientos hombres, distribuidos en diferentes grupos, la mayor parte de ellos a pie, que se dirigían a Granada para ser instruidos antes de incorporarse al ejército. Algunos de los oficiales iban montados en asnos y, cuando aparecían así vestidos con uniforme, ofrecían un aspecto bastante grotesco.»
Esta escena nos muestra los quintos en plena guerra napoleónica.
VENTAS, POSADAS Y HOSPEDERÍAS
Viajar por la Andalucía suponía aceptar jornadas excesivamente largas, caminos en muy malas condiciones y alojamientos alejados de los estándares europeos. Las modernas fondas eran todavía escasas fuera de las capitales de provincia, por lo que la inmensa mayoría de los viajeros extranjeros dependía de una red de ventas, mesones y posadas repartidas a lo largo de los itinerarios.
En la ruta entre Málaga y Granada, Vélez-Málaga desempeñaba un papel esencial. Su posición estratégica convertía la ciudad en un nexo entre las dos capitales. Allí los viajeros descansaban, cambiaban las caballerías, contrataban nuevos arrieros, reponían provisiones y, con frecuencia, pernoctaban antes de seguir el viaje.
No obstante, existía toda una red de ventas repartidas entre estos dos puntos cardinales.

Las ventas rurales, situadas en puntos estratégicos del camino, servían de lugar de descanso no solo para los viajeros, sino para comerciantes, arrieros, correos y militares. Disponían de cuadras para las caballerías, almacenes para mercancías y un comedor común donde coincidían personas de muy distinta condición social.
En ellas se intercambiaban noticias sobre el estado de los caminos, la presencia de partidas de bandoleros o las condiciones meteorológicas. Muchas funcionaban además como pequeños centros comerciales donde podían adquirirse alimentos, vino, pasas, aceite, forraje para los animales e incluso contratar nuevos guías para continuar el trayecto.

La documentación conservada, especialmente los mapas cartográficos, demuestra que, en la ruta entre Málaga y Granada, destacaron más de una veintena de ventas.
A diferencia de las pequeñas ventas del camino interior de montaña, Vélez-Málaga disponía de varios establecimientos. El primer testimonio conocido corresponde al escocés Robert Semple y su A Second Journey in Spain, in the Spring of 1809 (1812), quien, aunque no menciona el nombre del establecimiento, compara la posada con los austeros caravasares de Oriente, cuyos viajeros solían usar sus propios catres y comida. Además, esto refleja la imagen orientalizante que muchos extranjeros norte europeos proyectaban sobre Andalucía:
«La principal posada es muy grande y se encuentra situada fuera de la ciudad; pero tanto el servicio como las comodidades me parecieron aún más miserables de lo habitual. La realidad es que no existe en nuestra lengua ninguna palabra que exprese correctamente el significado de "posada", excepto quizá "caravasar", término casi tan poco comprendido como el anterior. Las posadas de España son, en efecto, los caravasares de Oriente (…) El viajero oriental lleva siempre consigo su estera y sus provisiones, renovando estas últimas en las aldeas o ciudades conocidas que encuentra durante el camino. Cuando llega la noche busca un caravasar, no como una residencia agradable donde, pagando dinero, pueda obtener toda clase de comodidades, sino simplemente como un refugio para sus animales y una habitación desnuda donde extender su estera y comer tranquilamente sus provisiones.»
Décadas más tarde, el escritor ruso Vasili Botkin dejó una descripción mucho más cercana a la vida cotidiana. Su estancia fue breve, pero suficiente para ofrecernos una de las referencias gastronómicas más interesantes conservadas sobre la ciudad:
«Nuestra cena en Vélez-Málaga consistió en unas excelentes gallinas; ¡lástima que estuvieran preparadas con salsa de aceite de oliva verde! Por fortuna, el magnífico queso y las uvas permitían disimular aquel insoportable sabor del aceite.»
La observación resulta especialmente curiosa. Mientras critica el intenso sabor del aceite de oliva —todavía poco apreciado fuera de España—, elogia sin reservas el queso (seguramente de cabra) y las uvas, dos productos emblemáticos de la Axarquía.
Entre todos los alojamientos citados por los viajeros del siglo XIX, ninguno alcanzó tanta fama como la Venta Nueva, en Vélez-Málaga, y no precisamente por sus servicios. El militar británico Charles Rochfort Scott, que pasó allí la noche en 1822, dejó una anécdota divertida:
«Nos habían informado de que la única cosa por la que Vélez-Málaga era célebre en la actualidad era por la raza de sus pulgas (…) jamás en mi vida vi una raza más activa ni alimenté otra más insaciable que la que se perpetúa en los suelos, paredes y camas de la Venta Nueva. Las bolsas de alcanfor con las que, por recomendación de nuestros amigos de Málaga, habíamos venido provistos fueron arrojadas por inútiles.»
Al abandonar Vélez-Málaga, el viajero encontraba una sucesión de ventas que jalonaban el antiguo camino hacia Granada.
Scott sitúa la Venta de Viñuela a unas ocho millas de la ciudad, describiendo el trayecto como un ascenso entre huertas, acequias y cultivos de regadío. Poco después alcanzaba la Venta de Alcaucín, aproximadamente doce millas después de Vélez, donde muchos viajeros hacían un nuevo descanso antes de afrontar el ascenso hacia el Boquete de Zafarraya:
«Más allá de este punto (La Venta de la Viiñuela) la subida se hace mucho más empinada y el camino, al alcanzar la cumbre de la cadena montañosa, entra en un paso estrecho y difícil que pronto oculta la vista del mar. A cambio, sin embargo, se abre hacia el norte un valle encantador y singularmente apartado, rodeado por todas partes de áridos y escarpados peñascos, pero alfombrado por la vegetación más exuberante.»
Estas ventas constituían auténticas estaciones de relevo para personas y animales, desempeñando un papel fundamental en la organización del transporte terrestre antes de la construcción de las carreteras modernas.
Pero no todos los establecimientos eran grandes ventas. El británico William George Clark, durante su viaje de 1849, describe numerosas chozas y pequeños puestos situados junto al camino entre Vélez-Málaga y Granada, donde los viajeros podían comprar agua fresca, sandías o aguardiente mientras descansaban bajo la sombra de higueras y algarrobos.
PAISAJES DE LA AXARQUÍA
El primer contacto con la Axarquía se producía al abandonar Málaga siguiendo el Camino Real de la Costa. Durante varias leguas, el viajero avanzaba junto al Mediterráneo contemplando playas, acantilados, torres vigías y fuertes. Poco a poco, las montañas comenzaban a aproximarse al mar hasta formar un paisaje que sorprendía por la intensidad de sus contrastes.

Un documento extraordinario lo tenemos en Descriptive Travels in the Southern and Eastern Parts of Spain and the Balearic Isles (1811) de Sir John Carr, el cual narra:
«El 23 de agosto abandonamos Málaga, después de haber alquilado previamente una calesa y una mula por nueve dólares para llevarnos hasta Vélez-Málaga, pues nos habían informado de que, más allá de esta población, el camino hacia Granada era intransitable para carruajes (…) Con el amanecer nos vimos rodeados con frecuencia de paisajes que parecían reclamar el lápiz del dibujante. El camino, montañoso y siguiendo la línea de la costa, atravesaba grandes plantaciones de chumberas de entre doce y catorce pies de altura. Los campesinos recogían sus frutos con ayuda de largas cañas provistas de una hendidura en el extremo, pues nadie podía tocar impunemente con la mano desnuda las terribles púas con que la naturaleza había armado esta planta (…) Después de recorrer unas diez millas cruzamos el río Vélez, cuyas orillas estaban bellamente alineadas por álamos blancos, y entramos en Vélez-Málaga, situada de manera muy pintoresca sobre una elevación, aproximadamente a una milla del mar.»
También John Leycester Adolphus quedó impresionado por la abundancia de vegetación:
«Es un viaje delicioso, en su mayor parte junto al mar, sobre terrazas o por la superficie llana de la playa; a la izquierda hay colinas de un tono principalmente blanco, salpicadas aquí y allá con el tinte vivo, y no el menos bello, de un suelo ferruginoso rojo, que parece muy agradable y fértil. Las viñas están plantadas sobre ellas con gran regularidad y, al parecer, con mucho esmero; el olivo y otros productos meridionales, que ya he mencionado con tanta frecuencia, prosperan en este clima suave, y un granado silvestre con una rica flor roja crece en los setos. Entre Málaga y este lugar (Vélez-Málaga) se estaba segando maíz en varios campos..»
La riqueza de los cultivos en la Axarquía, y en especial la pasa moscatel, llamó la atención de los viajeros extranjeros. Sin embargo, William Jacob en su Travels in the South of Spain (1811), nos habla de los problemas y endeudamiento a los que tenían que hacer frente los agricultores:
«Los cultivadores de vino, pasas e higos son en su mayor parte pequeños propietarios o modestos arrendatarios, que pagan sus rentas mensualmente cuando lo hacen en dinero y, cuando pagan en especie, en la época de la cosecha. Como no pueden mantenerse ni pagar a sus jornaleros, se ven obligados a recibir adelantos de los comerciantes, a quienes hipotecan su futura cosecha mucho antes de que esté lista para salir al mercado. La consecuencia es que los agricultores permanecen en un estado de pobreza y abatimiento del que apenas tienen esperanza de salir.»
El escritor ruso Vasili Petróvich Botkin, en sus Cartas sobre España (1957), asimismo subraya la abundancia de manantiales, arroyos y sistemas de regadío que hacían posible aquella agricultura:
«Los manantiales y arroyos aparecen constantemente; sin ellos, en estos valles todo perecería abrasado por el calor.»
Botkin intentaba comprender lo que contemplaba recurriendo a comparaciones con otros lugares conocidos. Aunque le recordaba a Italia, Grecia o el norte de África, el escritor ruso consideraba que España poseía una personalidad propia y difícilmente comparable:
«He contemplado la naturaleza de Italia y de Sicilia; pero en España su belleza posee un carácter completamente distinto. Aquí es más majestuosa, más inmensa. Tiene menos de lo pintoresco, pero infinitamente más de lo poético. Habla más al alma que a los ojos.»
VÉLEZ-MÁLAGA
La ciudad de Vélez-Málaga ocupó un lugar destacado en los relatos de esos viajeros extranjeros. Situada en el corazón de un fértil valle y dominada por los restos de su antigua fortaleza islámica, la capital histórica de la Axarquía aparecía ante los visitantes como la representación de la imagen romántica de Andalucía.

Robert Semple escribe en su A Second Journey in Spain, in the Spring of 1809 (1812) lo siguiente:
«Mientras nos aproximábamos a Vélez-Málaga, después de pasar por el pueblo de la Viñuela, comenzaron de nuevo a hacerse visibles claras muestras del sistema de riego, y nuestro camino discurría agradablemente entre huertos de naranjos y limoneros, muy próximos a las orillas del pequeño río Vélez. Cerca de la ciudad, largas alamedas bordean el camino, a través de las cuales descubrimos por primera vez una torre blanca en la cima de la colina. Avanzando un poco más, aparece toda la población, agradablemente situada en la ladera de una colina orientada hacia el oeste, y con una extensión que parece suficiente para justificar la estimación habitual de su población, calculada en unas ocho mil almas.»
Uno de los testimonios más expresivos es el de John Leycester Adolphus, quien describe:
«Un conjunto de casas blancas se alzaba en un hermoso valle, rodeado de viñedos y dominado por un antiguo castillo. Todo presentaba un aspecto de tranquilidad y fertilidad (...) detrás se alza esta poderosa barrera que separa este lugar de Granada: montañas agrestes, desnudas y pedregosas (…).»
Casi todos los viajeros mencionan la Fortaleza que coronaba la ciudad. Para los escritores románticos, los castillos árabes constituían un símbolo del pasado andalusí y un lugar que custodiaba viejas leyendas. Su presencia evocaba las guerras medievales, el reino nazarí de Granada y la conquista castellana, despertando un profundo interés histórico y artístico.
El ruso Vasili Botkin escribía:
«Vélez-Málaga es una pequeña ciudad situada cerca del mar, en una depresión entre montañas. Sobre la colina contigua se alzan las ruinas de una antigua fortaleza mora.»
Charles Devallier nos deja una impresionante descripción de Vélez-Málaga:
«(…) es el paraíso de la costa meridional de España; quizá no exista ninguna ciudad de Europa cuyo cielo sea tan hermoso y cuyo clima sea tan suave; además del algodón y de la caña de azúcar —caña dulce—, el índigo, el café, la patata y otras plantas de los trópicos prosperan allí maravillosamente. Compramos en el mercado cañas de azúcar verdes, que eran excelentes, y unos frutos originarios de América llamados chirimoyas. En la época de la dominación árabe había en Vélez-Málaga y en toda la costa, hasta Marbella, muchos más molinos de azúcar que en la actualidad; todavía existía un cierto número de ellos en el siglo XVII.»
Charles Rochfort Scott, en su Excursions in the Mountains of Ronda and Granada (1838), nos llama la atención del retrato que nos hace de la ciudad:
«(…) hasta que se llega a corta distancia de Vélez, momento en el cual el camino, apartándose de la orilla del mar, entra en un valle llano y verde donde se alza la antigua ciudad, envuelta entre bosquecillos de naranjos y limoneros y respaldada por colinas cubiertas de viñedos hasta sus mismas cumbres. La ciudad se encuentra ligeramente elevada sobre la margen izquierda del río y dominada por las colinas vecinas. Sus calles son amplias, limpias y bien empedradas; pero el próspero comercio y el abundante mercado que cabría esperar en un lugar antaño tan célebre por la fertilidad de sus huertos y por la importancia de su comercio de exportación ya no existen; y el número de habitantes ha debido disminuir muy rápidamente o bien ha sido muy exagerado en los últimos años cuando se ha afirmado que ascendía a doce mil almas.»
Sin duda, lo que Charles describió indirectamente en este pasaje fueron los estragos que provocaron las epidemias de principios de siglo y que afectó tanto a la economía como a la demografía veleña.
La descripción más extraordinaria de Vélez-Málaga no se centra en sus edificios, sino en sus habitantes. Cuando Botkin llegó a la ciudad ya había anochecido. Sin embargo, lejos de encontrar unas calles desiertas, descubrió un ambiente completamente distinto al que conocía en Rusia:
«Era ya bastante tarde cuando entramos en Vélez-Málaga; pero la ciudad seguía entregada por completo a su vida nocturna. En la calle principal paseaba mucha gente y continuamente se oía el rasgueo de las guitarras. Creo que no existe en el mundo un pueblo que ame tanto la diversión como los andaluces, ni que se entregue a ella con un sentimiento tan infantil y tan sincero.»
Este pasaje posee un extraordinario valor etnográfico.
Théophile Gautier, pocos años antes, describe un ambiente igualmente festivo lleno de fandangos, cachuchas, jaleos, risas y castañuelas.
BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES
Las siguientes obras constituyen la base documental de este estudio. Se trata de los relatos originales escritos por viajeros extranjeros que recorrieron Vélez-Málaga o la Axarquía entre finales del siglo XVIII y finales del siglo XIX.
ADOLPHUS, John Leycester. Letters from Spain in 1856. Londres, 1857.
BOTKIN, Vasili Petróvich. Письма об Испании (Cartas sobre España). San Petersburgo, 1857. Viaje realizado en 1845.
BROOKE, Sir Arthur de Capell. Sketches in Spain and Morocco. Londres, 1831.
CARR, Sir John. Descriptive Travels in Southern and Eastern Parts of Spain and the Balearic Isles. Londres, 1811.
CLARK, William George. Gazpacho; or Summer Months in Spain. Cambridge, 1850.
DAVILLIER, Charles. L'Espagne. París, 1874. Ilustraciones de Gustave Doré.
DARWIN, Francis Sacheverell. Journal of a Voyage to Lisbon and the Mediterranean. Londres, 1780.
FORD, Richard. A Handbook for Travellers in Spain. Londres, 1845.
FORD, Richard. Gatherings from Spain. Londres, 1846.
GAUTIER, Théophile. Voyage en Espagne. París, 1843.
JACOB, William. Travels in the South of Spain. Londres, 1811.
LEE, Edwin. Notes on Spain. Londres, 1855.
SCOTT, Charles Rochfort. Excursions in the Mountains of Ronda and Granada. Londres, 1838.
SEMPLE, Robert. A Second Journey in Spain. Londres, 1809.
SWINBURNE, Henry. Travels through Spain. Londres, 1779.
TENISON, Louisa Mary Anne. Castile and Andalusia. Londres, 1853.
VIVIAN, George. Spanish Scenery. Londres, 1838.
KRAUEL HEREDIA, Blanca. Viajeros británicos en Andalucía (1760-1845). Universidad de Málaga.
MAJADA NEILA, Jesús. 500 libros de viaje sobre Málaga.
MAYORGA GONZÁLEZ, Antonio. Diversos estudios sobre viajeros extranjeros en la Axarquía y la provincia de Málaga.
MONTORO FERNÁNDEZ, Francisco. Estudios sobre las posadas y ventas de Vélez-Málaga y la literatura de viajes.
ROBERTSON, Ian. Los curiosos impertinentes. Viajeros ingleses por España (1760-1855).
FUENTES DIGITALES
Biblioteca Digital Hispánica (Biblioteca Nacional de España).
Google Books, para la consulta de ediciones originales digitalizadas.
HathiTrust Digital Library, repositorio de libros de viaje del siglo XIX.
Internet Archive, colección de ediciones originales.
Instituto Cervantes. La imagen de España en los viajeros extranjeros. Catálogo digital de literatura de viajes.
Real Academia de la Historia.
Dialnet, para la localización de artículos científicos sobre viajeros, literatura de viajes e historia de la Axarquía.
Wikipedia
PARES
BNE (Biblioteca Nacional de España)
Российская государственная библиотека (Biblioteca Estatal Rusa),



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