La agitada primavera del 36
LAS ELECCIONES
Como consecuencia de las sucesivas crisis políticas y de los conflictos internos entre el Partido Republicano Radical y la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), el presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, disolvió las Cortes el 7 de enero de 1936 y convocó elecciones generales para el 16 de febrero. Estos comicios serían los terceros y últimos celebrados durante la Segunda República.
Las izquierdas articularon una candidatura de coalición en torno al llamado Frente Popular. Por su parte, las derechas, pese a haber incluido a sus antiguos socios radicales, cuyo partido atravesaba un avanzado proceso de descomposición política, consiguieron también concurrir a las elecciones con varias formaciones.

FUENTE- autor del artículo
La campaña electoral estuvo marcada por una intensa polarización política y por el empleo de un discurso marcadamente beligerante. El bloque de derechas, por un lado, recurrió al temor a una posible «revolución», presentada como una amenaza para «el orden, la familia y la religión», e instrumentalizó la revolución de octubre de 1934 como ejemplo de anarquía, violencia e inestabilidad social. Asimismo, sus integrantes se erigieron como defensores de la unidad nacional y del patriotismo frente a las amenazas del regionalismo catalán y del movimiento revolucionario.
Por su parte, el bloque de izquierdas apeló a la defensa de la que consideraba la verdadera República, denunciando que sus adversarios habían convertido España –en el anterior bienio– en un país caracterizado por los «salarios de hambre, pena de muerte, millares de muertos y 30.000 trabajadores presos». Además, el Frente Popular situó la amenaza del fascismo en el centro de su discurso electoral, al considerar que sus ideas habían arraigado en determinados sectores de la burguesía y en las formaciones políticas de derechas.

FUENTE- PARES (Portal de Archivos Españoles)
Los resultados electorales de abril de 1936 reflejaron un reparto de votos notablemente ecuánime. Según los porcentajes recogidos, el Frente Popular obtuvo el 34,4 % de los votos, mientras que las candidaturas de derechas alcanzaron el 33,2 %. En la provincia de Málaga, las candidaturas de izquierda resultaron vencedoras en 73 municipios, frente a los 32 en los que se impusieron las derechas.
TENSIONES EN EL CAMPO
Tras la constitución de los nuevos ayuntamientos, se dio paso a una etapa de intensa confrontación en el ámbito municipal, acorde con la creciente tensión política y social que atravesaba el país.
Los sectores patronales agrarios comenzaron obstaculizando la aplicación de la reforma agraria impulsada tras la victoria electoral del Frente Popular, que algunos de sus detractores calificaban de «tan extrema como la soviética, y la más radical de Europa». Por su parte, las organizaciones sindicales recurrieron a diversas estrategias de presión para hacer efectivas sus reivindicaciones laborales, entre las que destacaron la fijación unilateral de las bases de trabajo o la aplicación del denominado «tope»: el reparto forzoso de jornaleros entre las distintas explotaciones agrarias sin acuerdo previo con sus propietarios. Además, las huelgas a lo largo de la primavera de 1936 se multiplicaron.
La confrontación entre patronos y obreros también se tradujo en un incremento de las denuncias, especialmente ante la negativa de determinados propietarios a admitir a trabajadores designados por las oficinas de colocación, alegando la ausencia de acuerdos previos sobre las condiciones de contratación. Esta situación se vio agravada por las dificultades para alcanzar acuerdos en los jurados mixtos, en particular cuando los propietarios de tierras no comparecían a las convocatorias. De este modo, estos organismos de conciliación laboral encontraron importantes obstáculos para resolver los conflictos entre ambas partes.
Mientras tanto, en algunos ayuntamientos se tramitaba el arresto de personas de derechas, así como la purga de los funcionarios no afines al Frente popular. El gobierno finalmente tuvo que interceder con las circulares del 8 y 31 de marzo de 1936, anulando tanto las ordenes de encarcelamiento como los expedientes de depuración. Igualmente, viendo la postura arbitral que estaban tomando muchos alcaldes, se les instó a que cumplieran con la legislación, pues de lo contrario serían fulminantemente destituidos de sus cargos.
En conjunto, la conflictividad agraria afectó al funcionamiento de las instituciones locales y a la aplicación de la legislación laboral.
ANTICLERICALISMO
En el ámbito religioso, se produjo una intensificación de los procesos de secularización. Estas cuestiones habían estado en la carta de reivindicación de los socialistas desde principios del siglo XX: creación de un cementerio civil, censura de los toques de campana en cierta franja horaria para no molestar el descanso de los trabajadores que vivían cerca de las iglesias, o el matrimonio civil. Esta vez, entre sus reclamaciones se encontraban la retirada de elementos de iconografía religiosa situados en la vía pública, así como las reivindicaciones de las organizaciones sindicales para disponer de ermitas y otros edificios de culto, algunos de ellos en estado de abandono o deterioro, con el propósito de transformarlos en sedes de sus respectivas organizaciones.
En el Borge, por ejemplo, el 21 de marzo de 1936 las Juventudes Socialistas solicitaron al alcalde el desalojo de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario. El regidor se opuso a la petición, argumentando que cualquier actuación de esa naturaleza debía tramitarse por los cauces legales correspondientes. Sin embargo, entre doce y catorce individuos procedieron ese mismo día a retirar del templo las imágenes y el mobiliario religioso, que fueron trasladados a la sacristía y guardados bajo llave.
También el 21 de marzo, en Almayate, un grupo de obreros ocupó la ermita de Gámez. Durante los hechos se retiraron imágenes religiosas, se derribó el arco de la torre del campanario, se destruyeron dos pilas bautismales y se demolió uno de los altares. Posteriormente, el edificio pasó a albergar la sede del centro obrero.
Actuaciones de naturaleza similar se produjeron en otras localidades de la Axarquía, aunque con consecuencias diversas para la conservación de los edificios y de sus bienes muebles.
EL MIEDO A LA GUERRA
Con la llegada de la primavera de 1936, el clima de confrontación política y social se intensificó, mientras el temor a una guerra civil adquiría una presencia creciente en el discurso público.
Pese a la ilegalización de Falange Española en marzo y al encarcelamiento de su principal dirigente, José Antonio Primo de Rivera, continuaron produciéndose atentados y episodios de violencia. Paralelamente, las Juventudes Socialistas organizaban desfiles en los que sus integrantes, uniformados, realizaban ejercicios de instrucción. Entre ellos se encontraban los denominados «pioneros», jóvenes de entre catorce y dieciocho años que recibían formación premilitar sin armas. Estas prácticas, en un contexto de creciente polarización, contribuían a reforzar la percepción de que los enfrentamientos políticos podían desembocar en un conflicto armado.

Imagen coloreada con IA de José Antonio Primo de Rivera durante su discurso en el Cine de Madrid. 19 de mayo de 1935 · Fotógrafo: Ortiz. FUENTE- Wikipedia
El temor a un golpe de Estado promovido por sectores de las derechas fue aumentando y dio lugar a actuaciones preventivas y registros domiciliarios. En Periana, durante el periodo electoral de febrero, los socialistas sospechaban que determinados elementos vinculados al fascismo estaban adquiriendo armamento sin las autorizaciones correspondientes, supuestamente con vistas a preparar un «movimiento revolucionario». En este contexto, se registraron las viviendas de aproximadamente trece vecinos. Asimismo, en las denuncias y testimonios recogidos se recordaba que, en 1931, las denominadas «organizaciones caciquiles» habían llegado a disponer en su sede de «300 armas largas y 50 pistolas».
La escalada de tensiones también se manifestó en episodios de carácter aparentemente menor, pero reveladores del grado de susceptibilidad existente en las relaciones cotidianas. En el mismo pueblo de Periana, Manuel Bolaños Larrubia fue denunciado por llamar «Azaña» a su perro, circunstancia que motivó una actuación de las autoridades.
Por otra parte, las prácticas religiosas también suscitaron recelos entre determinadas autoridades municipales. En Almáchar, por ejemplo, la alcaldía había ordenado la clausura de la parroquia de San Mateo. Sin embargo, una noche de mayo, hacia las dos de la madrugada, se escucharon ruidos en el interior del edificio. Al acceder al templo, las autoridades encontraron a más de veinticinco personas reunidas para celebrar actos de culto vinculados a la Adoración Nocturna. El alcalde calificó la reunión de clandestina y sostuvo que en ella participaban «más gente política que religiosa». Finalmente, los asistentes fueron desalojados y se les prohibió repetir la reunión en aquellas condiciones.
Un factor insuficientemente estudiado, pero relevante para comprender la intensificación de la conflictividad social durante este periodo, fueron las adversas condiciones meteorológicas. El invierno de 1935-1936 se caracterizó por un prolongado periodo de precipitaciones que afectó gravemente a la actividad agraria. Según los datos recogidos por Lucía Prieto Borrego, las pérdidas de las cosechas en Andalucía occidental alcanzaron el 79 %. Las perspectivas para la producción triguera de aquel año eran igualmente desfavorables. En la Axarquía, el exceso de humedad ralentizó el crecimiento de la caña de azúcar cultivada en las tierras vinculadas a los Larios en Vélez-Málaga, Torrox y Nerja. En Marbella, por su parte, los cultivos de patata temprana sufrieron importantes pérdidas.
Estas adversidades climáticas agravaron la situación económica de los trabajadores del campo, ya afectados por la precariedad laboral y la estacionalidad del empleo, y contribuyeron a intensificar las tensiones entre jornaleros y propietarios.
BOICOT A UN MÍTIN
Con la llegada del verano, los sectores patronales vinculados al Partido Agrario reforzaron su actividad política organizando mítines multitudinarios en los que manifestaban su oposición a la reforma agraria. Paralelamente, las organizaciones obreras del campo convocaron una huelga general para el 1 de junio. La confrontación entre ambos sectores alcanzó uno de sus episodios más álgidos en Vélez-Málaga.
El 8 de julio de 1936, en torno a las tres de la tarde, se celebró en la plaza de toros de la localidad una asamblea agraria a la que asistieron numerosos propietarios y agricultores de la Axarquía. Entre los oradores invitados figuraba el poeta José María Hinojosa Lasarte, vinculado a la generación del 27 y que había desarrollado una activa participación política en el ámbito de las derechas durante los últimos meses.

José María Hinojosa durante su discurso en el mítin de la plaza de toros de Vélez-Málaga. FUENTE- Archivo Loring Lasarte
Entonces, en medio de aquel acto, una manifestación no autorizada irrumpió en las inmediaciones del recinto, donde se produjeron enfrentamientos físicos. La tensión aumentó cuando varios petardos explotaron en el interior de la plaza, lo que provocó la suspensión de la asamblea. Ante la situación creada, la Guardia Civil efectuó varias cargas para despejar los accesos y facilitar la salida de los asistentes.
Sin embargo, los incidentes continuaron en las afueras de Vélez-Málaga, donde los manifestantes se concentraron en la carretera de Loja y obstaculizaron el paso de los automóviles y carruajes en los que viajaban los propietarios agrarios. La Guardia Civil volvió a intervenir para dispersar la concentración, tras lo cual los vehículos pudieron abandonar finalmente la localidad.
EL ASESINATO DE UN COMUNISTA
La unidad del proletariado, promovida por la propaganda del Frente Popular, no llegó a materializarse plenamente en Málaga capital, donde –bajo tapete– persistían las disputas por la hegemonía dentro del movimiento obrero.
Las disputas enfrentaban, por un lado, al Partido Comunista de España (PCE) y a la Unión General de Trabajadores (UGT) y, por otro, a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Las relaciones entre ambas centrales sindicales alcanzaron un grado extremo de hostilidad que desembocó, poco más de un mes antes del estallido de la Guerra Civil, en uno de los episodios más violentos de la historia del movimiento obrero malagueño.
El conflicto se inició por una cuestión ecológica. La sobrepesca constituía un problema en la costa malagueña desde finales del siglo XIX, como consecuencia de la creciente presión extractiva sobre los caladeros. Entre las artes de pesca que promovían la esquilmación masiva de los recursos pesqueros se encontraban las asociadas a las traíñas y los boliches, modalidades de pesca de cerco que empleaban redes para rodear y capturar los bancos de peces. La extracción por estas formas de ejemplares inmaduros afectaba al desove, y por lo tanto a la productividad de las sardinas, los jureles y los boquerones.

Llegada y varada de sardinales en El Palo. FUENTE- Archivo Histórico Fotográfico de la Unievrsidad de Málaga
En este contexto, Andrés Rodríguez González, concejal comunista y presidente del sindicato de pescadores de la UGT, apoyó la desaparición de la traiña y el boliche por el prejuicio que acarreaba a la pesca, llegando a compararlo con «una ametralladora en un coto de caza». De hecho, presentó varias mociones en el ayuntamiento para prohibir la venta de pescado procedente de estos métodos.
La mayoría de los bolicheros, afiliados a la CNT, continuaron utilizando estas artes de pesca, dado que la subsistencia de numerosos trabajadores del sector dependía de su actividad. La UGT, que ejercía una posición de control sobre las pescaderías, respondió con un boicot comercial a los pescadores anarquistas, negándose a comercializar sus capturas.
Como represalia, la CNT promovió el boicot a los tripulantes de los pesqueros, lo que contribuyó a extender el conflicto a otros sectores vinculados a la actividad portuaria. Los trabajadores de las salazones y los descargadores del puerto se declararon en huelga, con la consiguiente paralización de la comercialización del pescado. De este modo, una disputa originada en torno al uso de determinadas artes de pesca derivó en un conflicto laboral que afectó al conjunto de la cadena de distribución pesquera.
El detonante se produjo en la madrugada del 10 de junio. Eran aproximadamente las seis de la mañana cuando Andrés Rodríguez salió de su domicilio y se dirigió a las pescaderías, como acostumbraba a hacer cada día. Iba acompañado de un compañero comunista, Manuel Gutiérrez. Entonces, a la altura de calle Ancha del Carmen, esquina con Conde Aranda, se oyó un disparo, luego otro. Andrés cayó al suelo por la bala de un pistolero, la cual le había atravesado la nuca. Murió en el acto. Tenía treinta y seis años y hacía 25 días que se había casado.

Imagen colorizada por IA de la fotografía de una entrevista a Andrés Rodríguez (a la derecha), en uno de sus pasos por prisión. FUENTE- autor del artículo.
En cuestión de minutos, la noticia se difundió por toda la ciudad. La responsabilidad de lo sucedido se atribuyó de inmediato a la CNT, lo que desencadenó una escalada de violencia.
Hacia las nueve de la mañana, un grupo de socialistas se dirigió al domicilio de Miguel Ortiz Acevero, situado en la calle Balmes. Ortiz Acevero, dirigente anarquista vinculado a la Federación Anarquista Ibérica (FAI), fue requerido por el grupo para que saliera a la calle. Así lo hizo, llevando en brazos a su hija menor de edad. Según el relato de los hechos publicados en el periódico El Popular, tras un forcejeo, los agresores le arrebataron a la niña y le dispararon en seis ocasiones. Ortiz Acevero cayó gravemente herido, aunque logró sobrevivir al ataque.
Anarquistas y marxista convocaron la huelga general, que era igual que una declaración de guerra.
Mientras esto ocurría, trasladaron el cadáver de Andrés Rodríguez al ayuntamiento, convertido en capilla ardiente. Una gran muchedumbre desfiló delante de su cuerpo durante todo el día. Su féretro estuvo decorado por crespones negros y hubo banderas a media asta.
A medio día comunistas y socialistas rompieron la puerta del centro de la CNT en calle don Cristián y lanzaron cócteles molotov, pero no consiguieron incendiarla. También asaltan su centro educativo Racionalista en calle del Cañaveral provocando grandes destrozos. Paralelamente cenetistas intentaron asaltar la Casa del Pueblo produciéndose un intenso tiroteo, hasta que la Guardia Civil los dispersó. A lo largo de la tarde se producen choques esporádicos sin víctimas. Los nervios estaban a flor de piel.
A la mañana siguiente, 11 de junio, se celebró el entierro de Andrés Rodríguez. Según la crónica del periódico el Popular: «Abría la marcha la Guardia municipal montada; seguía un numerosísimo núcleo de milicias socialistas y comunistas, uniformadas; detrás, las banderas de todas las agrupaciones sindicales, comisione de muchachas y niños con coronas de claveles rojos; un coche con 74 monumentales coronas. A continuación, el féretro, cubierto con una bandera roja y llevado a hombros por correligionarios íntimos de la víctima; luego, un modesto coche fúnebre; seguidamente, la presidencia, en la que figuraban el Ayuntamiento, bajo mazas; autoridades, diputados y representaciones; la Banda Municipal, sin los instrumentos, y finalmente, una interminable masa de concurrentes».
ASESINATO DEL PRESIDENTE DE LA DIPUTACIÓN Y DE OTROS CIVILES
Ese mismo día, antes de que la comitiva fúnebre partiese desde el Ayuntamiento en dirección al cementerio, se produjo otro episodio de violencia mortal. Antonio Román Reina, presidente de la Diputación Provincial de Málaga y miembro de la Agrupación Socialista, abandonó su domicilio para asistir al entierro del concejal comunista. Durante el trayecto se tropezó con una de sus hijas, llamada Igualdad, que regresaba de la plaza tras realizar las compras del día. La joven, alarmada al ver a su padre caminando solo en aquellas circunstancias, le pidió que regresara a casa por temor a que pudiera sufrir una agresión. Román Reina trató de tranquilizarla, asegurándole que no corría peligro, pues, según le explicó, estaba siendo escoltado por agentes de paisano.
De acuerdo con el relato de los hechos, el atentado había sido preparado con antelación. Uno de los participantes habría desempeñado una función de distracción para facilitar la ejecución del ataque. Cuando Antonio Román Reina se adentró en el puente de los Alemanes, un cabo de Infantería caminaba detrás de él. Con el propósito de impedir que interviniera, un gancho se acercó al militar y le pidió fuego para encender un cigarrillo, alegando que tenía una muñeca lesionada y que necesitaba ayuda. Esta maniobra permitió que Román Reina se distanciara del cabo.
A escasa distancia del puente se encontraba también una pareja de la Guardia Civil, cuya presencia podía comprometer la ejecución del atentado. Según la narración, los atacantes actuaron de manera coordinada: mientras un grupo distraía y hostigaba a los guardias civiles, otro abrió fuego contra el presidente de la Diputación, que cayó gravemente herido. Fue trasladado de inmediato al Hospital Civil, donde falleció pocos minutos después.

Imagen colorizada por IA de Antonio Román Reina, de un retrato original. FUENTE- autor del artículo.
A las tres de la tarde, en la calle del Carril del barrio de la Trinidad, se produjo otro tiroteo entre los pasajeros de un coche y un grupo que se encontraba parapetado en una esquina. Una niña de once años sordomuda, llamada Francisca Manzanares Cruz, que paseaba por la calle en el momento que se produjo el enfrentamiento, murió como consecuencia de un balazo en el cuello.
Al día siguiente, 12 de junio, A las nueves menos cuartos aproximadamente, otro derramamiento de sangre. Ésta vez en la Acera de la Marina. Carlos Santiago Robles, de 23 años, soltero, natural de Cútar, afiliado a la CNT y perteneciente al Sindicato de Transportes, recibió catorce balazos que le produjeron la muerte. En el mismo enfrentamiento resultó herido su compañero Esteban León, de cuarenta y siete años, jornalero.
Ante estos episodios sangrientos, las medidas fueron contundentes. Las autoridades locales concentraron fuerzas de Asalto y Guardias Civiles, clausuraron centros anarquistas y encarcelaron a algunos de sus dirigentes. La UGT y la CNT lanzaron un llamamiento a la calma y dio por terminada la huelga.
El día 13 de junio se restablecía la normalidad en Málaga. Sin embargo, atrás quedó la impronta de unos hechos sangrientos que serían difíciles de olvidar y que, en cierto modo, acrecentó la división entre los dos centros obreros.
LA GRAN CONSPIRACIÓN
Es indudable que la República estuvo acechada desde sus comienzos por múltiples conspiraciones.
En agosto de 1932 el general Sanjurjo intentó derrocar el régimen mediante un fallido golpe de estado. luego se produjo el pacto secreto entre Mussolini, por un lado, y alfonsinos y carlistas, por el otro, en marzo de 1934, en el que se obtuvieron cuantiosas sumas de dinero y armas: El Gobierno italiano acordó con el diputado de Renovación Española, Antonio Goicochea, el teniente general africanista Emilio Barrera, de la Unión Militar Española, Rafael Olazábal y Antonio Lizarza Iribarren por la Comunión Tradicionalista la entrega de 500.000 pesetas a los conspiradores monárquicos y posteriormente un millón más, 10.000 fusiles, 10.000 bombas de mano y 200 ametralladoras. Muchas de estas armas fueron utilizadas por las columnas carlistas nada más estallar la guerra civil.
Poco después a esto, estalló la insurgencia obrera de octubre de 1934, cuyo impulso fue debido a la entrada en el gobierno de políticos de derechas declaradamente antirrepublicanos; Al mismo tiempo, el gobierno tuvo que hacer frente a los atentados de pistoleros de la Falange que desestabilizaban el país, y también a las insurrecciones anarquistas: La primera ocurrió el 18 de enero de 1932, protagonizado por los mineros del Alto Llobregat y Cardoner; la segunda en enero de 1933, que comenzó con una huelga de ferroviarios y que afectó a Cataluña, Levante y Andalucía, siendo importante nombrar los sucesos de Casas Viejas como parte de esta acción; y una tercera en diciembre de 1933 tras haber ganado las derechas las elecciones. Todas fueron reprimidas con mano dura.
Pero por encima de todo se encontraban los «africanistas», un grupo de oficiales forjados en las guerras coloniales de Marruecos que llevaban ya tiempo metiendo sus narices en la política.
La situación en España no era de las peores de Europa. Existían huelgas y conflictos sociales, nada que no pudiera resolver cualquier democracia en vías de desarrollo. Pero los medios de comunicación difundieron el alarmismo; los de derechas exageraban las noticias, amplificando la idea de que el país estaba sucumbiendo al caos y a la violencia, mientras que los de izquierda acusaban a sus oponentes de «provocadores». El gobierno republicano intentó lidiar con esta situación de la mejor manera que pudo, esforzándose por reducir la conflictividad a base de decretos.
Para entonces ya era demasiado tarde.
Desde la misma fecha de la victoria del Frente Popular, un grupo de militares africanistas, a cuya cabeza se encontraba el general Emilio Mola, comenzó a trazar el mayor programa conspirativo contra el régimen republicano que jamás se había realizado, arrastrando a los españoles a su más cruenta y traumática guerra civil.
Los conspiradores ya no eran sólo un puñado de oficiales monárquicos como en la intentona de 1932, sino los más prestigiosos generales del norte de África, a quienes se les había dado buenos mandos durante el bienio conservador. La red se extendió a todas las Divisiones Orgánicas del Ejército, nombrándose enlaces que coordinaban la tarea proselitista de comprometer a la oficialidad.
En Andalucía el general Gonzalo Queipo de Llano, nombrado jefe inspector de carabineros por el Gobierno, fue el agente encargado de la campaña clandestina de captación. Éste viajó a la plaza de Málaga en varias ocasiones y se puso en contacto con algunos oficiales y suboficiales del Ejército, Guardia de Asalto y Guardia Civil descontentos con la situación política del país, y trató de convencerlos para unirse a un movimiento que tendría como misión «la salvación de la patria».
El plan era de lo más sencillo y decimonónico: proclamar el estado de guerra en la capital malagueña, otorgar el poder a los militares por un tiempo y reprimir cualquier acción de sindicatos y asociaciones. El responsable de esta acción debía recaer en el general Francisco Patxot Madoz, que desde enero de 1935 ejercía como comandante militar de la plaza de Málaga y jefe de la IV Brigada de Infantería.

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Sin embargo, Patxot no se mostró muy entusiasmado al principio. Digamos que entre Queipo y Patxot no abundaba precisamente la cordialidad. Sus desavenencias comenzaron en Marruecos. Como dos buenos generales africanistas competían por alcanzar los altos escalafones de la administración militar, habiendo tenido mucho más éxito el segundo que el primero. Patxot hablaba árabe, francés e inglés, escribía artículos en diferentes revistas y tenía excelentes relaciones con los diplomáticos británicos y franceses. Demasiado refinado comparado con el bruto y dipsómano de Queipo.
Poco después de esta visita, al general Francisco Patxot le llegó una nota en el que decía «puede usted embarcar muebles para Melilla», consigna secreta que daban luz verde a la insurrección. Sin embargo, según contó después el juez militar y coronel Claudio Alaes Bayona, «el general dejó libremente de actuar, no tomó la dirección absoluta, faltando por ello la unidad de mando tan necesaria para la situación en que se encontraba Málaga». En cierto modo, esta actitud respondía seguramente a la suspicacia que sentía Patxot por cómo se estaban desarrollando las cosas, ya que Queipo se había puesto en contacto con él en junio y se le exigía organizar la conjura en poco más de un mes.
De todas formas, los demás oficiales se organizaron por separado y sin coordinarse entre ellos. A esto se sumó que, llegado el día de la sublevación, Patxot fue abandonado por Sevilla y tampoco quiso abrir fuego con sus cañones sobre la Aduana, edificio que albergaba la Diputación de Málaga. Todas estas cosas hicieron que el golpe militar fracasara en Málaga.
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FUENTES PRIMARIAS Y PERIODÍSTICAS
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*El Sol* (Madrid), 12 de junio de 1936, p. 4. Noticia citada sobre el entierro del concejal Andrés Rodríguez González. Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.
*El Siglo Futuro*, 5 de febrero de 1935, p. 3. Referencia utilizada para un acto político tradicionalista celebrado en Málaga.
*Boletín Oficial de la Provincia de Málaga*




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