Memoria y Silencio
- Chesko González
- 30 nov 2025
- 6 Min. de lectura

ANOTACIONES PREVIAS
Desde que en 2007 se publicó la Ley de Memoria Histórica hasta nuestros días —con sus sucesivas reformas, ampliaciones y cambios de enfoque—, el debate sobre el pasado reciente de España ha ido creciendo en intensidad hasta convertirse en un arma arrojadiza dentro del panorama político. Nosotros, los historiadores, tenemos una obligación moral: situarnos por encima de los enfrentamientos estériles que no conducen al conocimiento ni a la reparación, sino a la confusión.
Hoy está en vigor la Ley de Memoria Democrática (2022), fruto de una demanda creciente de la ciudadanía por conocer la verdad sobre lo ocurrido durante la Guerra Civil y la dictadura franquista. No es una ley partidista, sino que debe interpretarse en un sentido técnico. Además, debe cumplirse porque no se construye una democracia sana sobre el olvido ni sobre las heridas mal cerradas, sino sobre el reconocimiento del daño y la dignificación de las víctimas. Y algunos se preguntarán todavía: «¿Qué heridas?»
Basta con asomarse a la realidad de nuestra Guerra Civil (1936-1939) para comprenderlo. Fue un conflicto fratricida en el que se cometieron asesinatos en la retaguardia de ambos bandos. No entraremos aquí a analizar causas, responsabilidades ni valoraciones cuatificativas. Pero sí hay que saber que hubo un hecho incuestionable: al terminar la guerra, el franquismo puso en marcha la llamada Causa General, una investigación judicial de enormes dimensiones cuyo objetivo no fue únicamente recopilar testimonios o señalar culpables, sino construir un relato oficial del pasado en el que toda la violencia quedaba atribuida a un solo lado: el «bando rojo». La historia se convirtió en propaganda, y la justicia, en un tribunal de vencedores.

Mientras se levantaba ese edificio ideológico, la represión del nuevo régimen seguía su curso sin descanso. Miles de personas fueron encarceladas, fusiladas o depuradas de sus trabajos. España estaba cubierta de fosas comunes: cunetas, tapias de cementerio, barrancos y descampados donde se sepultaron cuerpos, nombres e historias.
MÁS DE 6.000 FOSAS: UNA GEOGRAFÍA DEL SILENCIO
El franquismo impuso su particular idea de «paz», en la que los republicanos quedaron excluidos y condenados al silencio absoluto. El régimen honró a sus muertos con placas, cruces y monumentos, mientras que a los otros se les negó incluso el derecho al duelo. Para ellos no hubo flores, ni lápidas, ni nombres.
Al mismo tiempo, el miedo caló hondo. Hablar de la guerra se convirtió en un tabú transmitido de padres a hijos como una herencia envenenada: «No preguntes», «No sé nada», «No me acuerdo». Callar fue una forma de supervivencia.
Entonces, hubo que esperar hasta 2007 para que ese muro empezara a resquebrajarse. A partir de entonces se inició, por fin, una labor sistemática de investigación: listas de represaliados, localización de fosas, acceso a los archivos militares, entrevistas. No fue un trabajo cómodo. Ni libre de críticas. Pero fue necesario.

Hoy sabemos, gracias a más de una década de estudios, que existen alrededor de 6.000 fosas comunes identificadas por toda España, correspondientes a la Guerra Civil y la posguerra. No son las 19.000 de Camboya, pero tampoco es una cifra que deba tratarse con indiferencia en una democracia que aspira a mirar su pasado sin perjuicios.
MEMORIA DE LOS DIFUNTOS
Hay una constante que atraviesa culturas y civilizaciones: el culto a los muertos. Desde las necrópolis romanas hasta nuestros cementerios actuales. En España, como en el resto del mundo, honramos a nuestros difuntos visitando sus tumbas, llevando flores, limpiando lápidas. Cada primero de noviembre, los camposantos se llenan de vida. La memoria se convierte, por un día, en un evento multitudinario.
Pero hubo —y aún hay— una parte de la sociedad española a la que se le negó ese derecho elemental. No pudieron despedirse. No pudieron enterrar. Algunos padres murieron sin saber dónde yacían sus hijos; algunos hijos se marcharon sin encontrar los restos de sus padres.
Muchos historiadores hemos trabajado durante años sobre esta vertiente incómoda de nuestra historia, a menudo ignorando críticas interesadas o acusaciones. Lo hemos hecho por una razón sencilla y contundente: porque es justo. Porque las familias tienen derecho a saber dónde están los suyos, cómo murieron, qué ocurrió en sus últimas horas. Tienen derecho a recuperar cartas olvidadas en archivos militares, fotografías que nunca llegaron a su destino, objetos personales que no pudieron entregarse.
En definitiva, tienen derecho a que se devuelva la dignidad allí donde durante mucho tiempo solo hubo silencio.

LISTADO DE VÍCTIMAS REPUBLICANAS EN LA AXARQUÍA
Para recomponer esta historia fragmentada ha sido necesario acudir a un amplio y diverso abanico de fuentes documentales. Cada una de ellas ha sido una pieza más de un rompecabezas complejo, construido durante años de trabajo paciente en archivos, juzgados y registros.
Estas son algunas de las fuentes fundamentales que hemos empleado en la investigación:
Documento | Fuente |
Actas de defunciones | Registro civil. Juzgados de todos los municipios de la Axarquía |
Consejos de guerra | Archivos de los Juzgados Togados Militares de Málaga, Almería, Granada y Sevilla. |
Informes | Archivos de los ayuntamientos |
Informes traslados de preso | Archivo Histórico Provincial de Málaga |
Archivos penitenciarios | Archivo de la cárcel de Alhaurín |
Clasificación deportados | Archivo de Mauthausen |
Entrevistas y documentos familiares | Particulares |
UNA REPRESIÓN PLANIFICADA
La represión franquista en la comarca de la Axarquía fue especialmente dura tras la entrada de las tropas nacionales en febrero de 1937. Fue una operación sistemática de castigo ejemplarizante destinada a someter a la población mediante el terror. El bando insurrecto no solo pretendía eliminar enemigos, sino borrar toda resistencia futura.

Febrero y marzo fueron meses especialmente sangrientos, como revelan con claridad los datos que aquí exponemos. Vélez-Málaga, como cabeza del partido judicial, se convirtió en un centro neurálgico de esta maquinaria represiva. Por sus juzgados pasaron vecinos de toda la comarca. Muchos otros fueron trasladados a Málaga, juzgados allí y finalmente fusilados.
A través de testimonios y entrevistas orales, emergen también los relatos del llamado “terror caliente”: asesinatos sin juicio, ejecuciones rápidas, desapariciones nocturnas en las primeras semanas tras la ocupación. Crímenes que nunca quedaron registrados. En otras palabras, muerte sin papel.
Esa es quizá la dificultad más insondable de la investigación histórica: saber que siempre faltan nombres.
VERDUGOS Y DESPACHOS
Entre 1937 y 1938, la represión en Vélez-Málaga estuvo dirigida por el juez Rodrigo Vivar Téllez y el secretario judicial Ángel Maestre Daza, ambos naturales del municipio. No fueron meros engranajes anónimos del sistema.
El caso de Rodrigo Vivar es especialmente ilustrativo del funcionamiento interno del franquismo. Tras su actuación en la maquinaria represora local, su carrera política fue fulgurante. Su demostración de lealtad al régimen y a Franco le valió un ascenso meteórico que culminó en julio de 1945 con su nombramiento como ministro-secretario general de FET y de las JONS, convirtiéndose en una figura destacada del círculo del poder durante la década de 1940.
Mientras las víctimas eran enterradas en fosas comunes, algunos de sus verdugos ascendían en los despachos.

CONTAR A LOS MUERTOS
En este trabajo se han contabilizado también los fallecimientos producidos en prisión por enfermedades, malos tratos o ejecuciones; las muertes por “desaparición”, muchas relacionadas con los sucesos de la desbandá; así como las defunciones en los campos de concentración nazis de aquellos deportados españoles que, después de cruzar la frontera de Francia, fueron hechos prisioneros en el comienzo de la II Guerra Mundial.
Pero no se trata únicamente de cifras. Cada número es un nombre. Cada expediente, una familia. Cada información, una brizna de luz a años de oscuridad.
Para terminar, este estudio solo aspira a abrir los archivos de la memoria. A devolver la identidad donde hubo anonimato. A escribir, por fin, las historias de quienes durante mucho tiempo solo pudieron ser susurrados.

A continuación, puedes bajarte el listado completo:







Comentarios