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Una costa insegura

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1. LA NUEVA FRONTERA


La conquista de Vélez-Málaga por las tropas castellanas en 1487 y, posteriormente, la del reino nazarí de Granada, culminada en 1492, transformaron profundamente la posición geopolítica de la corona de Castilla. La antigua frontera terrestre entre los reinos cristianos y el último Estado musulmán de la península desapareció, pero no lo hizo la condición fronteriza del territorio. De hecho, esta se desplazó hacia el Mediterráneo. El mar pasó a constituir el nuevo límite militar y político entre la Monarquía Hispánica y los poderes musulmanes del norte de África, especialmente los enclaves berberiscos y, progresivamente, el Imperio otomano.


Antonio Jiménez Estrella, en su artículo “El Reino de Granada y el norte de África: circulación de personas y de información en una frontera del Mediterráneo (1501-1621)”, ha definido esta nueva realidad como una doble frontera. Por un lado, existía un límite exterior, marítima, marcada por la presencia de corsarios y armadas procedentes del norte de África. Por otro lado, se configuró una frontera interior, relacionada con la permanencia de una numerosa población de origen musulmán que, tras las conversiones forzosas de comienzos del siglo XVI, constituía para las autoridades locales una fuente potencial de ingresos como vasallos de señoríos y realengos, pero también un colectivo sometido a una creciente vigilancia fiscal, religiosa y militar.


La situación de los musulmanes vencidos no cambió de manera inmediata en 1492. Las capitulaciones y los acuerdos iniciales permitieron que buena parte de la población conservara temporalmente sus propiedades, costumbres y estructuras comunitarias bajo la nueva soberanía castellana. Sus integrantes recibieron la denominación de mudéjares. Sin embargo, las tensiones religiosas y políticas, las restricciones progresivas y las rebeliones mudéjares de 1499-1501 condujeron a la imposición general del bautismo. Desde entonces, los antiguos mudéjares pasaron a ser cristianos nuevos o moriscos.


FUENTE- autor del artículo
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La conversión no supuso la desaparición de las comunidades anteriores. Se mantuvieron vínculos con aquellos que había decidido marcharse a la otra orilla del Mediterráneo. Para los que se quedaron, el norte de África representaba una posibilidad de abandonar un espacio ya de por sí asfixiante, debido a la presión fiscal, política y religiosa; y buscaron la primera oportunidad para cruzar el mar. Para la Corona, por el contrario, estas salidas significaban una pérdida de población, de contribuyentes y de control territorial, además de un riesgo militar: quienes abandonaban el reino podían transmitir información sobre los caminos, las poblaciones, las guarniciones y las defensas costeras.


La Axarquía, por su extensa franja litoral y la proximidad de las sierras al mar, era un lugar idóneo para realizar ataques piráticos. Albergaba numerosas calas y desembocaduras que facilitaban tanto las incursiones como los desplazamientos clandestinos.  La preocupación de las autoridades por las huidas hacia Berbería condujo a la adopción de medidas específicas. Entre ellas se encontraban las prohibiciones a los moriscos de residir en determinados puntos costeros considerados potencialmente lugares estratégicos para el embarque, así como las penas de confiscación de bienes y esclavización contra quienes intentasen pasar ilegalmente al norte de África.


La costa de la Axarquía se convirtió, por lo tanto, en un espacio sometido a una doble presión. Desde el mar podían llegar embarcaciones dispuestas a saquear, secuestrar personas o facilitar la salida de familias moriscas. Desde tierra, las autoridades trataban de controlar los movimientos de población y vigilar los contactos con los navegantes norteafricanos. La frontera no era, por tanto, una línea fija, sino un espacio de circulación, vigilancia, conflicto e intercambio.


2. PIRATAS Y CORSARIOS BERBERISCOS


La expresión «piratería berberisca» se emplea habitualmente para describir las actividades de corso y saqueo protagonizadas por embarcaciones musulmanas del norte de África. Sin embargo, desde el punto de vista histórico y jurídico conviene distinguir entre piratería y corso. La piratería designaba la actividad marítima depredadora realizada al margen de una autoridad legítima, mientras que el corso podía desarrollarse bajo la protección, autorización o patrocinio de un poder político. En la práctica mediterránea, ambos fenómenos podían confundirse en las fuentes cristianas, que con frecuencia utilizaban términos como «moros», «turcos», «corsarios» o «piratas» sin establecer siempre diferencias precisas.


Los principales espacios de actividad corsaria del Magreb occidental y central fueron los puertos y bases de la costa norteafricana. Entre ellos destacaron Tetuán, Argel, Túnez y, más adelante, Salé. Desde estos enclaves podían organizarse expediciones contra las costas de la península ibérica, las rutas comerciales y las posesiones cristianas del Mediterráneo. La proximidad geográfica entre Andalucía y el norte de África convertía al litoral axárquico en un objetivo accesible para embarcaciones de remo y vela capaces de realizar travesías relativamente rápidas.


Por otro lado, la expansión otomana en el Mediterráneo occidental durante el siglo XVI modificó el equilibrio naval de la región. La incorporación de Argel a la órbita otomana y la progresiva consolidación de las fuerzas navales vinculadas al sultán dieron mayor alcance político y militar a la actividad corsaria. No obstante, no todos los corsarios norteafricanos respondían directamente a órdenes de Constantinopla. Existían intereses locales, redes comerciales, jefes corsarios autónomos y alianzas variables entre autoridades, armadores y capitanes.


Tampoco puede hablarse de una procedencia étnica única de sus dirigentes. En las flotas corsarias participaron musulmanes norteafricanos, turcos, renegados europeos —cristianos convertidos al islam— y hombres procedentes de distintos espacios mediterráneos. Algunos de estos renegados alcanzaron posiciones destacadas en la navegación y el mando.


Las embarcaciones mencionadas con mayor frecuencia en la documentación del reino de Granada eran las fustas, galeotas, galeras y bergantines. Las fustas eran embarcaciones ligeras, generalmente propulsadas por remos y con aparejo de vela auxiliar, adecuadas para navegar cerca de la costa, aproximarse a playas y realizar desembarcos rápidos. Su reducido calado facilitaba el acceso a sectores del litoral donde las embarcaciones de mayor tamaño tenían dificultades para acercarse. Las galeotas compartían algunas de estas características, aunque podían presentar dimensiones y capacidad militar superiores. Las galeras, por su parte, eran navíos de mayor porte, con una dotación numerosa de remeros y soldados, y podían intervenir en operaciones de mayor envergadura.


FUENTE- autor del artículo
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La documentación de la Axarquía confirma la presencia de estas embarcaciones. En abril de 1505, doce fustas desembarcaron en Torrox. En octubre de 1509, una fusta norteafricana llegó a las inmediaciones de la playa de Torre del Mar, perseguida por las galeras de las guardas de costa. En marzo de 1515 se recibió noticia de nueve fustas que se preparaban para desembarcar en las proximidades de Vélez-Málaga. En 1602, por el contrario, la amenaza adquirió una dimensión mayor: nueve galeras fueron avistadas cerca de Cala del Moral y desembarcaron varios centenares de hombres en las inmediaciones de Benagalbón.


Las tácticas de estas expediciones dependían de sus objetivos y de los recursos disponibles. Los ataques contra poblaciones podían realizarse mediante desembarcos rápidos, aprovechando la oscuridad, la sorpresa y la distancia entre los puestos de vigilancia. Una vez en tierra, los asaltantes podían saquear viviendas, capturar personas y retirarse antes de que llegasen los refuerzos. En otras ocasiones, las expediciones tenían como objetivo facilitar la salida de familias moriscas que habían acordado previamente embarcarse hacia el norte de África.


Recreación por IA de un desembarco. FUENTE- autor del artículo
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El conocimiento del territorio constituía un elemento fundamental. Los corsarios podían recurrir a informadores, guías o colaboradores locales que conocían los caminos, las distancias entre las poblaciones y la ubicación de las defensas. El caso de 1544, en el que uno de los asaltantes era un morisco procedente de Periana, demuestra la importancia de esta información. El conocimiento de la geografía local podía resultar tan valioso como la superioridad numérica o el armamento de los atacantes.


La elección de los lugares de desembarco también respondía a criterios geográficos. Las playas abiertas, las desembocaduras de los ríos y las calas protegidas ofrecían posibilidades diferentes según el tipo de embarcación. En sectores como Maro y Cerro Gordo, la abrupta configuración del litoral proporcionaba puntos fáciles de desembarco por la dificultad de su vigilancia.


Los objetivos de estas expediciones tampoco eran uniformes. El botín, la captura de cautivos, la apropiación de mercancías y la obtención de información militar constituían motivaciones importantes. En ocasiones, una misma expedición podía combinar varios de estos objetivos: recoger a familias que pretendían abandonar el reino, saquear una población y capturar a algún miembro destacado de la comunidad cristiana.


3. UN LITORAL PROTEGIDO


La amenaza corsaria obligó a la Monarquía Hispánica a organizar un sistema defensivo eficiente para proteger las costas del reino de Granada. Desde los primeros años posteriores a la conquista se aprobaron ordenanzas y disposiciones destinadas a establecer una red de vigilancia, guarniciones militares y fuerzas móviles capaces de responder ante los desembarcos. Este sistema fue evolucionando durante los siglos XVI y XVII, adaptándose a las transformaciones políticas, demográficas y militares del Mediterráneo.


La defensa se articulaba en varios niveles. La primera línea estaba formada por las torres, atalayas y estancias distribuidas a lo largo del litoral. Su función principal consistía en vigilar el horizonte marítimo, detectar la presencia de embarcaciones sospechosas y transmitir rápidamente la noticia a los puestos vecinos y a las poblaciones del interior. La segunda línea estaba integrada por castillos y fortalezas situados en núcleos estratégicos, donde se alojaban guarniciones militares. Finalmente, existían compañías de infantería y caballería, así como milicias concejiles, que podían intervenir cuando se producía una alarma.



En el territorio histórico de Vélez-Málaga se desarrolló un sistema defensivo de especial interés. García-Pulido y Ruiz-Jaramillo han identificado un conjunto de fortificaciones medievales y modernas que incluía el castillo de Vélez-Málaga, los castillos de Bentomiz, Frigiliana y Nerja, distintas torres vinculadas a antiguas alquerías y una extensa red de fortificaciones costeras. Los autores contabilizan tres castillos costeros y dieciséis atalayas en el territorio estudiado, algunas de ellas levantadas sobre estructuras anteriores de época nazarí.


Entre las fortificaciones del litoral destacaban las torres de Chilches, Moya, Jaral, Manganeta, Ladeada, Derecha, Lagos, Güi, Calaceite, Macaca, Nerja, Maro y Río de la Miel, además de los castillos de Torre del Mar y Torrox. Su distribución permitía controlar sectores de costa, playas, desembocaduras y caminos de comunicación.


Torre de la Manganeta (Almayate). FUENTE- autor del artículo
Torre de la Manganeta (Almayate). FUENTE- autor del artículo

La vigilancia no dependía exclusivamente de las construcciones. En las torres y estancias se establecían guardas, atalayadores y escuchas encargados de observar el mar y comunicar cualquier novedad. A estos se sumaban los atajadores a caballo (una especie de avisadores ecuestres), que recorrían distintos tramos de costa y conectaban los puestos de vigilancia. Su movilidad resultaba fundamental, pues permitía transmitir avisos y comprobar si las embarcaciones avistadas habían llegado a desembarcar.


Los avisos podían transmitirse mediante señales visuales, especialmente humo durante el día y fuego durante la noche. Cuando se producía una alarma, se daba el rebato, que obligaba a movilizar a las fuerzas disponibles y a los vecinos llamados a colaborar en la defensa.


El sistema contaba también con mecanismos de inspección y control. Los requeridores debían comprobar el cumplimiento de las obligaciones de los guardas y sancionar las negligencias. Los visitadores, por su parte, inspeccionaban los distritos defensivos, fiscalizaban las nóminas y supervisaban las pagas y los alardes. La existencia de estos cargos demuestra que la vigilancia costera era un servicio regulado y sometido a una férrea estructura administrativa.


La organización militar incluía distintos tipos de tropa. Las compañías de infantería y caballería podían desplazarse para reforzar los sectores amenazados, mientras que las guarniciones de los castillos debían proteger los principales núcleos de población. Las milicias concejiles, formadas por vecinos armados, constituían un complemento imprescindible cuando se producían ataques. Existían unidades especializadas, como ballesteros y escopeteros, que realizaban rondas nocturnas y diurnas por lugares con menos control visual del sistema de torres, como es el ejemplo de los acantilados de Maro y Cerro Gordo.


FUENTE- autor del artículo
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El sistema, sin embargo, no siempre funcionaba correctamente. La distancia entre los puestos, la insuficiencia de efectivos, los retrasos en las pagas y las negligencias de algunos guardas podían comprometer la eficacia de la vigilancia. Jiménez Estrella ha documentado problemas de funcionamiento, fraudes y abusos relacionados con los salarios y las obligaciones del personal defensivo.


Los impagos constituían otro problema. Durante una inspección realizada en 1584 por Francisco Salido de Herrera se constató que la fortaleza de Vélez-Málaga no mantenía completa la dotación de soldados que tenía asignada, mientras que la de Nerja sí conservaba su guarnición. En otras fortalezas del Reino de Granada se detectaron, además, alcaides que llevaban años sin pagar a los peones encargados de su defensa. Los retrasos salariales y el incumplimiento de las obligaciones económicas debilitaban, por tanto, la capacidad operativa del sistema defensivo y favorecían el absentismo y la desatención de los puestos de vigilancia.


4. ATAQUES, AVISTAMIENTOS Y EMBARQUES. SIGLOS XVI-XVII.


Las fuentes consultadas nos permiten reconstruir una sucesión de avisos, desembarcos, ataques y operaciones relacionadas con la salida clandestina de población morisca. Entre 1504 y 1621 se han contabilizado hasta 29 episodios.


Uno de los primeros avisos se produjo el 20 de noviembre de 1504, cuando se comunicó la posible salida de una armada norteafricana que podía atacar el litoral comprendido entre Marbella y Mojácar. Las autoridades ordenaron activar los rebatos y se procedió a la captura de dos individuos considerados posibles espías berberiscos. Aunque la noticia no señala un ataque concreto en la Axarquía, muestra la preocupación que existía por la actividad de informadores y por la posibilidad de que una expedición marítima se aproximase a la costa.


El 11 de abril de 1505 se recibió un aviso sobre una escuadra que pretendía desembarcar en las proximidades de Vélez-Málaga. Según las fuentes, el objetivo era obtener cautivos y facilitar la huida hacia el norte de África de moriscos de Frigiliana y otros lugares próximos. Apenas unas semanas después, el 29 de abril, doce fustas desembarcaron en la costa de Torrox y capturaron a numerosos vecinos. El aviso transmitido desde Torre del Mar llegó tarde y no permitió que las fuerzas de Vélez-Málaga acudiesen a tiempo para impedir la incursión.


El 22 de febrero de 1506, el capitán general ordenó a los vecinos de Laurín y Periana que se trasladaran, acompañados de sus mujeres e hijos, a Comares y Alhama. La medida respondía al aviso de una posible expedición berberisca que pretendía atacar aquellos lugares para obtener cautivos. La noticia resulta significativa porque muestra que la amenaza no se limitaba a las playas. Las autoridades temían que los atacantes penetrasen hacia el interior y alcanzasen poblaciones alejadas de la primera línea litoral.


En octubre de 1509 se produjo uno de los episodios más reveladores de la relación entre el corso y las huidas moriscas. Una fusta norteafricana llegó a las inmediaciones de la playa de Torre del Mar, perseguida por las galeras encargadas de la vigilancia costera. A pesar de la persecución, cinco familias moriscas de Chilches consiguieron embarcarse en la nave.


En ocasiones, la noticia de un posible ataque llegaba a oídos de las autoridades locales. Esto debe comprenderse por la existencia de una auténtica red de información entre ambas orillas del Mediterráneo, sobre todo traídas por personas que mantenían contactos en Berbería, mercaderes y otros intermediarios.


Por ejemplo, el 25 de mayo de 1514 se recibió un aviso sobre la posible llegada de una escuadra que pretendía entrar en Chilches para recoger a varias familias moriscas que deseaban pasar allende, es decir, trasladarse al norte de África.  En marzo de 1515 volvió a recibirse otro aviso sobre la preparación de nueve fustas norteafricanas que pretendían desembarcar cerca de Vélez-Málaga para facilitar la huida de los moriscos de Chilches.


En abril de 1519 se produjo una tentativa de asalto corsario en la costa de Vélez-Málaga que fue rechazada por las cuadrillas de defensa. El episodio tuvo también consecuencias jurisdiccionales y económicas: surgieron disputas entre los soldados por el reparto de los musulmanes capturados. La captura de enemigos podía convertirse en una fuente de beneficio económico mediante su venta como esclavos, lo que explica parte de los conflictos que acompañaban a las operaciones militares.


La incursión del 17 de septiembre de 1544 constituye uno de los acontecimientos más importantes de esta cronología. Varias escuadras fueron avistadas en las proximidades de Nerja y los atacantes saquearon Nerja y Frigiliana, contando con la colaboración de algunos moriscos de la zona. Numerosos moriscos aprovecharon la operación para huir a África. El suceso dio lugar a investigaciones y procesos de confiscación de bienes, así como a averiguaciones sobre la negligencia de los guardas y atajadores encargados de vigilar el litoral.


Durante las décadas siguientes, tras la rebelión de las Alpujarras y el episodio del peñón de Frigiliana, la amenaza no desapareció completamente. En septiembre de 1587, varias galeotas desembarcaron en las costas de Torrox y Marbella. Algo más de una decena de atacantes fueron capturados y puestos en venta. La noticia confirma que Torrox continuaba siendo un sector vulnerable y que las operaciones corsarias seguían combinando desembarcos en distintos puntos del litoral malagueño.


En agosto de 1602, nueve galeras fueron avistadas cerca de Cala del Moral. De ellas desembarcaron unos seiscientos hombres que se internaron hacia Benagalbón. Se produjo un enfrentamiento en el que murieron once de los asaltantes y varios cristianos viejos fueron capturados. La magnitud de la operación muestra que la amenaza podía superar ampliamente la capacidad de respuesta de los puestos de vigilancia aislados.


En abril de 1618 se difundió un aviso sobre la presencia de treinta y dos navíos musulmanes que perseguían embarcaciones mercantes francesas y flamencas. Se registraron ataques contra barcos y desembarcos en distintos puntos del litoral granadino, desde Cabo de Gata hasta las proximidades de Vélez.  El 17 de julio de 1619 se recibió un aviso sobre una embarcación próxima a Torrox. En esta ocasión, los soldados de la costa consiguieron impedir el desembarco. Finalmente, el 5 de enero de 1621, tres navíos musulmanes capturaron una embarcación mercante francesa cargada de plomo y tabaco y se apoderaron de una tartana a la altura de Nerja. Posteriormente desembarcaron en Maro y se enfrentaron con los soldados de Nerja. Cuatro de los atacantes murieron y otros resultaron heridos. Diez días después, el 15 de enero, se avistaron seis navíos de gran tamaño, posiblemente musulmanes, a la altura de Torre del Mar.


La sucesión de estos acontecimientos permite observar que la amenaza corsaria no desapareció con la conversión forzosa de los mudéjares ni con la posterior expulsión de los moriscos. Cambiaron las circunstancias demográficas y políticas, pero la costa continuó formando parte de una frontera mediterránea expuesta a incursiones, capturas y operaciones navales.


5. EL CAMBIO DE PARADIGMA. SIGLO XVIII.


Durante el siglo XVIII se produjo una transformación progresiva de la naturaleza de las amenazas que afectaban al litoral de la Axarquía. El corso norteafricano no desapareció de inmediato, pero el escenario político y militar del Mediterráneo cambió profundamente. La llegada de la dinastía borbónica, la Guerra de Sucesión española, la ocupación británica de Gibraltar y los conflictos entre las grandes potencias europeas otorgaron una nueva dimensión estratégica a las aguas próximas a Vélez-Málaga. Los enemigos cambiaron y con ellos cambió el tipo de acción.


Uno de los acontecimientos más importantes fue la batalla naval de Vélez-Málaga, librada el 24 de agosto de 1704, apenas veinte días después de la toma de Gibraltar por las fuerzas anglo-holandesas. En el combate se enfrentaron la escuadra anglo-holandesa, dirigida por el almirante George Rooke, y la escuadra franco-española, comandada por Luis Alejandro de Borbón, conde de Toulouse.


See-Treffen bey Malaga por Paul Decker 1705. FUENTE- Rijksmuseum, Ámsterdam
See-Treffen bey Malaga por Paul Decker 1705. FUENTE- Rijksmuseum, Ámsterdam

La batalla constituyó una de las mayores operaciones navales de la Guerra de Sucesión española. Aunque el enfrentamiento no produjo una victoria decisiva, tuvo una enorme importancia estratégica y simbólica.


La ocupación británica de Gibraltar tuvo también consecuencias para la seguridad y la economía del litoral malagueño. El Peñón se convirtió en una base estratégica de la presencia naval británica en el Mediterráneo occidental y en un importante centro de actividad comercial y contrabandista. Las autoridades españolas tuvieron que prestar una atención creciente a la vigilancia de las playas y a la circulación clandestina de mercancías.


Un documento cartográfico de diciembre de 1797, titulado Borrón de las playas del Partido de Vélez, conservado en el Archivo General de Simancas, constituye un testimonio de ese interés por controlar el litoral. El mapa permite estudiar los espacios costeros sometidos a vigilancia y debe ponerse en relación con la preocupación de las autoridades por el contrabando procedente de Gibraltar.
Un documento cartográfico de diciembre de 1797, titulado Borrón de las playas del Partido de Vélez, conservado en el Archivo General de Simancas, constituye un testimonio de ese interés por controlar el litoral. El mapa permite estudiar los espacios costeros sometidos a vigilancia y debe ponerse en relación con la preocupación de las autoridades por el contrabando procedente de Gibraltar.

Otro episodio de gran interés se produjo en julio de 1780, durante la guerra entre España y Gran Bretaña vinculada al proceso de independencia de las Trece Colonias americanas. España había entrado en guerra contra Gran Bretaña en 1779, como aliada de Francia, dentro de un conflicto internacional que tuvo importantes repercusiones marítimas.


El 13 de julio de 1780, al anochecer, una polacra corsaria inglesa llamada Gibraltar apresó un bergantín francés frente a Vélez-Málaga. La noticia llegó a Málaga a la mañana siguiente y fue recibida por Francisco de Vera, comandante de los jabeques del Rey. Este salió en persecución de las embarcaciones y consiguió alcanzar al corsario el día 15, después de una persecución condicionada por el fuerte viento de poniente.


El combate tuvo lugar aproximadamente a una legua del castillo de Torre del Mar. La polacra inglesa, armada con dieciséis cañones y tripulada por sesenta y cinco hombres según la Gazeta de Madrid, fue finalmente apresada por las fuerzas españolas. El barco fue enviado posteriormente a Cartagena, escoltado por el jabeque San Lino.


La noticia fue publicada en la Gazeta de Madrid del 28 de julio de 1780, número 60, a partir de un parte fechado en Málaga el día 18. Se trata de una fuente contemporánea de gran valor, aunque no proporciona el nombre del capitán inglés, la identidad del bergantín francés, su carga ni las bajas producidas durante el combate.


Como comparación regional, aunque fuera del territorio estricto de la Axarquía, puede mencionarse un episodio de mayo de 1797 en las playas de Marbella. El patrón Blas de Torres, que había salido a pescar desde Málaga con varios compañeros y dos pasajeros malteses, fue perseguido por un corsario inglés y obligado a embarrancar. El patrón resultó herido por los disparos. La noticia procede de un protocolo notarial de 1797 conservado en el Archivo Histórico Provincial de Málaga, correspondiente al escribano Francisco Guerrero, protocolo P5033.


En conjunto, los episodios del siglo XVIII muestran un cambio en la naturaleza de la frontera marítima. La costa continuó expuesta a la violencia naval, pero esta se relacionaba cada vez más con los enfrentamientos entre potencias europeas, el corso autorizado, la protección del comercio y el control del contrabando. La Axarquía dejó de ser únicamente una frontera frente al norte de África para integrarse en un escenario marítimo internacional mucho más amplio.


6. FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA


FUENTE PRIMARIAS


  • Gazeta de Madrid, n.º 60, 28 de julio de 1780, p. 559. Parte fechado en Málaga el 18 de julio sobre la captura de la polacra corsaria inglesa Gibraltar frente a Torre del Mar. Disponible en la Hemeroteca Digital del BOE.

  • Archivo General de Simancas, Mapas, Planos y Dibujos, 61-25. Borrón de las playas del Partido de Vélez, diciembre de 1797.

  • Archivo Histórico Provincial de Málaga, protocolos notariales, escribano Francisco Guerrero, protocolo P5033, 1797.

  • Archivo General de Simancas, secciones Estado y Guerra Antigua, documentación citada por Antonio Jiménez Estrella en su estudio de 2025.

  • Archivo de la Alhambra, documentación citada por Antonio Jiménez Estrella y otros investigadores sobre la defensa del litoral granadino.


BIBLIOGRAFÍA


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  • JIMÉNEZ ESTRELLA, Antonio (2017): «Proteger las ciudades y villas. Estructura y evolución en la defensa del Reino de Granada en época de Fernando el Católico», Estudis. Revista de Historia Moderna, 43, pp. 29-67.

  • JIMÉNEZ ESTRELLA, Antonio (2019): «La amenaza del Turco en la monarquía y las instrucciones de 1621: mecanismos de control y reformas de la defensa de la costa del Reino de Granada», Memoria y Civilización, 22, pp. 343-368.

  • JIMÉNEZ ESTRELLA, Antonio (2025): «El Reino de Granada y el norte de África: circulación de personas y de información en una frontera del Mediterráneo (1501-1621)», Prohistoria, año XXVIII, n.º 44, pp. 1-44. DOI: 10.35305/prohistoria.vi44.2054.

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  • PARDO MOLERO, Juan Francisco (2006): «Dos informes del siglo XVI sobre la guardia de costa del reino de Granada», Chronica Nova, 32, pp. 233-249.

  • ORTEGA LÓPEZ, David (2023): «El sistema de vigilancia en época nazarí: las atalayas de la Axarquía de Málaga», Revista del Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 35, pp. 27-57.

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  • CAPILLA LUQUE, Francisco (2005-2006): «El Castillo Bajo de Nerja (1502-1811). Origen y evolución de una fortaleza desaparecida», Boletín de Arte, 26-27, pp. 93-116.

  • CAPILLA LUQUE, Francisco (2018): «Torre del Mar: apresamiento de barco pirata inglés. 1780», Investigaciones Provinciales Malagueñas.


 

 
 
 

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