Me fusilaron
- Francisco Miguel González López

- hace 1 día
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La Guerra Civil española (1936-1939) fue, sin duda, el conflicto más complejo —y, a la vez, más devastador— vivido en España durante el siglo XX. Dejó tras de sí un rastro de tragedias personales que, con el paso del tiempo, ha ido diluyéndose en el olvido. Muchas de estas historias han sido recuperadas gracias al esfuerzo de aquellos historiadores que se han atrevido a investigar este periodo oscuro. Entre ellas destaca la de Carmelo Martín Pérez, natural de Vélez-Málaga, cuya trayectoria vital encarna tanto la crudeza de la guerra como la extraordinaria capacidad humana de supervivencia.
Carmelo apenas contaba con veintidós años cuando, tras el estallido de la contienda, se alistó en las milicias. Como tantos jóvenes de su generación, abandonó la vida cotidiana —en su caso, la finca que su padre tenía en medianía con el patrono Francisco Nieto Fernández— para integrarse en el frente de El Madroño, en la serranía de Ronda. Allí desempeñó labores logísticas como semillero, encargado del transporte de avituallamiento con mulas para su batallón. A pesar de recibir una carabina, nunca llegó a usarla.
Tras la caída de Ronda, en septiembre de 1936, se replegó con su unidad hacia Tolox. Meses después, a comienzos de febrero de 1937, cuando el frente se quebró y las tropas sublevadas penetraron en la provincia de Málaga, huyó a través de la sierra. Sin embargo, fue capturado por soldados italianos, trasladado a la capital y sometido a un consejo sumarísimo que lo condenó a muerte. Durante aquellas semanas, la represión se cobró centenares de vidas: ejecuciones rápidas y sistemáticas destinadas a sembrar el miedo y consolidar el control del territorio.
La noche del 26 de febrero de 1937 lo sacaron para fusilarlo junto a otros presos, a los que iban llamando en grupos de veinte. Él formaba parte del último. Fue conducido en camioneta al cementerio de San Rafael y, al llegar, comprobó que cerca de un centenar de personas ya habían sido ejecutadas; sus cuerpos yacían esparcidos sobre el suelo. Tras obligarlos a descender del vehículo, los alinearon de espaldas contra el paredón y, poco después, comenzó la descarga de ametralladoras.
Carmelo cayó al suelo herido, pero con vida. Permaneció inmóvil, cubierto de sangre, fingiendo estar muerto mientras escuchaba los disparos de gracia que remataban a los ejecutados. Su supervivencia dependió de un instante: un soldado lo golpeó con el pie para comprobar si aún respiraba, pero, al no obtener reacción, continuó su ronda. Cuando el pelotón abandonó el lugar, Carmelo consiguió liberarse y huir.

A duras penas alcanzó la finca del Ventorrillo, entre Arenas y Vélez, propiedad de su padrino, donde recibió la ayuda de personas cercanas que lo curaron y protegieron, entre los que se encontraban Manuel y Soledad Gutiérrez. Muy cerca de allí, junto a dos primos, uno de ellos llamado José Gutiérrez Martín, también perseguidos, cavó un zulo en la tierra y lo cubrieron con piedras. El escondite, de apenas metro y medio de ancho por dos de largo, se convirtió en su refugio durante tres años. Cuando a los alrededores del escondite aparecía algún frastero, existía un código entre los cortijeros para avisarles: guitaban "Miguelito".
El tiempo transcurría entre la lectura y la escritura; Carmelo llegó incluso a enseñar a leer a uno de sus primos. Al caer la noche salían brevemente para respirar y estirar el cuerpo. Era entonces cuando recibían la visita sigilosa de sus familiares, que les llevaban alimentos, mantas y, sobre todo, conversaciones. Tras tres años de clandestinidad, decidieron abandonar el escondite y trasladarse al cortijo, donde por fin pudieron dormir en camas y comer caliente.

Pero la tranquilidad duró poco. Un vecino los delató ante la Guardia Civil. Al advertir el peligro, huyeron campo a través y, en lo alto de una loma, los tres familiares se separaron tras un último abrazo. Carmelo intentó alcanzar Francia, aunque, al llegar a Murcia y tras numerosas penalidades, regresó a Málaga desmoralizado y sin recursos. El viaje de ida y vuelta le llevó diecisiete días.
De nuevo oculto, esta vez en la casa de sus padres, dejó embarazada a su novia, que más tarde sería su esposa. Ante el riesgo que esto suponía, logró contactar con un abogado amigo que le proporcionó documentación falsa a nombre de Fernando Martín Velásquez. Con esa identidad se trasladó a Jerez de la Frontera, donde, alquilando la habitación de un conocido, logró pasar desapercibido y ganarse la vida con un humilde puesto de castañas. Poco después se estableció en Santa Coloma de Gramenet (Barcelona), donde residió durante dos décadas.
Durante cuarenta años vivió bajo un nombre falso, hasta la muerte de Franco. Entonces recurrió al abogado Herman Pesqueira Roca, quien le ayudó a recuperar su verdadera identidad. A los sesenta y cuatro años pudo casarse legalmente con su esposa Consuelo y otorgar a sus hijos sus apellidos legítimos.
Una mañana se presentó en el Registro Civil de Málaga y solicitó un acta de defunción en la que figuraban su propio nombre y apellidos. También, en 1995 reclamó al Estado una compensación, pero le fue denegada porque, según la legislación vigente, no había permanecido el tiempo suficiente en prisión. Él mismo declaró en El País: «Ahora no me quieren indemnizar porque no estuve tres años en la cárcel. Lo mío fue más duro: me fusilaron».

La historia de Carmelo Martín Pérez revela la dureza de la represión y la fragilidad de la vida en tiempos de guerra, pero también la extraordinaria capacidad humana para resistir en un entorno hostil. Muchos españoles lograron exiliarse en el extranjero; otros, en cambio, no tuvieron más opción que exiliarse interiormente, renunciando a su propia identidad. Una historia que podría parecer ficción, pero que pertenece, con toda su crudeza, a la realidad de nuestro pasado, un pasado que no debemos olvidar.

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
La historia que nunca se contó: la represión durante la Guerra Civil en el municipio de Vélez-Málaga. Francisco Miguel González López. Vélez-Málaga : Ayuntamiento de Vélez-Málaga, 2008. ISBN 978-84-88430-17-5
Entrevista en Revista Pronto.
Algunos datos proporcionados por Mercedes Guitérrez Rivas.
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