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Motes de la Axarquía

Actualizado: hace 17 horas

Si existe un elemento capaz de retratar la psicología colectiva de los pueblos de la Axarquía, ese es el mundo de los motes. Ningún documento oficial, ningún censo y quizá ningún escudo municipal explica tan bien las relaciones humanas entre localidades vecinas como estos apodos transmitidos de boca en boca durante generaciones. En ellos se mezclan humor, rivalidades territoriales, orgullo, desprecio, admiración y memoria histórica. En otras palabras, los motes constituyen una auténtica etnografía popular de la comarca.


La Axarquía fue históricamente una tierra fragmentada fruto de su orografía. Las sierras, barrancos y ríos dificultaban las comunicaciones, de manera que cada pueblo desarrolló una personalidad muy definida. A veces bastaban apenas cuatro o cinco kilómetros de distancia para encontrar diferencias en el acento, la vestimenta, las costumbres agrícolas o las formas de sociabilidad –es curioso que en un municipio como Almáchar, a apenas tres kilómetros de El Borge, llamen a los de este lugar con el apelativo de “forasteros”–. En un contexto de aislamiento, se creó un ambiente perfecto para el nacimiento de identidades locales. Los vecinos observaban constantemente las peculiaridades de los pueblos cercanos y terminaban caricaturizándolas mediante motes colectivos.


Muchos de esos apodos nacieron en ferias del ganado o en ventas. Allí coincidían arrieros, campesinos y comerciantes procedentes de distintos lugares. En aquellas reuniones populares surgían burlas, exageraciones y comparaciones que acababan estableciéndose en la memoria colectiva. La tradición oral hacía el resto. Con el tiempo, el mote terminará siendo conocido incluso más allá de la propia comarca.


A continuación, vamos a hacer una clasificación de los motes más populares.


Uno de los grupos más abundantes es el de los relacionados con oficios tradicionales. La economía rural marcaba profundamente la imagen de cada localidad. Así ocurrió con los “tiznaos” de Alcaucín. El término hace referencia a quienes trabajaban en la elaboración de carbón vegetal, un oficio muy común en las zonas montañosas. Aquellos hombres permanecían durante días vigilando los hornos de carbón y regresaban cubiertos de hollín, con la ropa y el rostro completamente ennegrecidos. La imagen debió de impresionar tanto a los pueblos vecinos que terminó convirtiéndose en la seña colectiva de la localidad. De hecho, el mote conserva hoy el recuerdo de una actividad económica ya desaparecida, pero fundamental durante siglos para la supervivencia campesina.


FUENTE- autor del artículo
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Algo parecido ocurre con los “tinajeros” de Colmenar. El municipio fue un importante centro de paso entre Málaga y Granada, a través del camino real, y desarrolló una notable tradición alfarera ligada a la fabricación de tinajas para almacenar vino, aceite y miel. Aquellas piezas de barro formaban parte del paisaje cotidiano de la villa y terminaron definiendo a sus oriundos. Curiosamente, el apodo sobrevivió incluso cuando la actividad artesanal desapareció ya durante el siglo XX. Hoy el término continúa evocando un pasado de arriería, caminos y comercio rural.


Otros motes reflejan actividades comerciales o formas de subsistencia menos prestigiosas. El caso de los “mangurrinos” de Benamargosa resulta especialmente interesante porque su origen permanece envuelto en dudas. Algunas tradiciones lo relacionan con el contrabando o el pequeño tráfico comercial desarrollado en las rutas del estraperlo. Según ciertas interpretaciones populares, “mangón” significa traficante o intermediario, lo que habría derivado en “mangurrino”. Otras hipótesis vinculan el término con expresiones menos amables que aluden a pobreza, desaliño o aspecto miserable. Sea cual sea su origen exacto, el apodo revela cómo determinadas comunidades rurales quedaron asociadas durante generaciones a formas de economía marginal o de supervivencia.


Existen también motes ligados a la alimentación y a la cultura material campesina. Los “panzones” de Riogordo probablemente surgieron como una burla relacionada con la abundancia alimenticia o con la imagen de personas bien alimentadas. Otras explicaciones populares aseguran incluso que el nombre se debía a las pronunciadas cuestas del pueblo, que obligaban a caminar inclinados, “arrastrando la panza”. Lo verdaderamente importante no es determinar el origen exacto, sino comprender el mecanismo cultural que genera estos apodos: la observación exagerada y humorística de una característica colectiva. Con el tiempo, los propios riogordeños terminaron apropiándose del término y hoy muchos lo utilizan con orgullo festivo e identitario.


Un grupo especialmente rico es el de los motes relacionados con animales o comportamientos asociados al mundo natural. Los habitantes de Alfarnatejo son conocidos como “tejones”, término que probablemente guarda relación con la presencia histórica de este animal en los montes cercanos –incluso hoy su escudo municipal luce la silueta de dos de estos mamíferos–. Sin embargo, la tradición popular elaboró una explicación mucho más legendaria. Según una antigua historia, una enorme piedra cayó sobre el camino que unía Alfarnate y Alfarnatejo. Los vecinos del primero intentaron moverla utilizando palancas –de ahí el mote de “palancos” que ostentan los vecinos de este municipio en la actualidad–, mientras que los del segundo decidieron excavar la tierra como si fueran tejones hasta conseguir que la roca rodara pendiente abajo. Aunque no hay documento oficial que aclare la veracidad de este relato, en un sentido etimológico el mote "palancos" podría venir del topónimo arroyo del "Palancar”, palabra de origen latino que básicamente significa pequeño puente o pasarela de madera hecho con palancas y palos.


Muy cercanos a éstos se encuentran los motes relacionados con el carácter o la personalidad atribuida a los habitantes de un pueblo. A los naturales de Totalán se les llama “rebotaos”, atribuido a la fuerte personalidad, carácter o temperamento histórico de sus habitantes. Los “hocicones” de Torrox constituyen un ejemplo clásico. El término hace referencia a personas muy habladoras, indiscretas o propensas a la discusión. Como sucede con muchos motes andaluces, no es necesario que la característica sea real; basta con que los pueblos vecinos la consideren creíble y la transmitan oralmente.


Los “marrejos” de Almáchar pertenecen también a esta categoría. La palabra etimológicamente designa a personas astutas, cautelosas o difíciles de engañar. Además, el apodo refleja perfectamente las rivalidades históricas entre Almáchar y El Borge, dos localidades separadas apenas por unos kilómetros pero enfrentadas durante décadas mediante bromas, canciones y coplas carnavalescas. Los habitantes de El Borge eran llamados “malparios”, mientras que los de Almáchar recibían el apelativo de “marrejos”. Las tensiones amorosas entre ambos pueblos llegaron a convertirse en tema recurrente de las agrupaciones carnavalescas durante los años cincuenta y setenta del siglo XX. A través de aquellas letras satíricas puede rastrearse un mundo rural donde el honor local y las relaciones entre comunidades seguían teniendo enorme importancia.


Otro ejemplo extraordinario de rivalidad vecinal aparece entre Frigiliana y Nerja. Los frigilianenses eran conocidos como “aguanosos” porque, según la tradición, transportaban en los serones de los burros albaricoques, melocotones u otras frutas, cuyo contenido acababa goteando durante el trayecto. Los nerjeños, en cambio, eran llamados “morralleros”, término derivado de la morralla, es decir, el pescado pequeño y de escaso valor comercial que consumían las familias marineras más humildes. Ambos motes muestran cómo las economías locales quedaban resumidas en una caricatura popular: los de arriba vendían “fruta aguada”; los de la costa comían “pescado pobre”.


Algo más gracioso es el mote que reciben los habitantes de la Viñuela. Se dice que el acento de sus gentes era tan cerrado y la forma de hablar resultaba tan distinta o peculiar que bromeaban diciendo que "hablaban en polaco".


Especialmente interesantes son también los motes relacionados con el paisaje agrícola. Los vecinos de Iznate reciben el nombre de “enracimaos”, término que procede claramente del verbo “enracimarse”, es decir, agruparse como racimos de uva. La comarca fue durante siglos un importante territorio vitivinícola, de modo que el racimo se convirtió en una imagen profundamente vinculada a la identidad local. Pero el apodo admite además una segunda lectura: algunos lo relacionan con el carácter “apretado” o muy unido de los habitantes del pueblo.


En conjunto, todos estos motes forman un auténtico mapa etnográfico de la Axarquía. A través de ellos pueden distinguirse antiguas economías rurales, rivalidades históricas, formas de sociabilidad y hasta prejuicios colectivos. Constituyen una fuente histórica de enorme valor porque conservan aspectos de la vida cotidiana que rara vez aparecen en los archivos oficiales y que hoy tristemente muchos han desaparecido.


Lo más llamativo es que muchos de estos apodos han perdurado a lo largo del tiempo. Aunque las viejas actividades desaparecieron y las comunicaciones modernas acabaron con gran parte del aislamiento tradicional, los motes continúan vivos en conversaciones, fiestas populares y redes sociales locales. En muchos casos, aquello que nació como una burla terminó convirtiéndose en motivo de orgullo colectivo. Y quizá ahí reside precisamente su fuerza histórica: en haber sido capaces de transformar la caricatura en identidad.

 
 
 

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