MUNDO FUNERARIO EN LA AXARQUÍA PREHISTÓRICA
- Francisco Miguel González López

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EL DESPERTAR DE LA CONCIENCIA
La relación del ser humano con la muerte ha estado siempre vinculada al desarrollo cultural y simbólico. Ninguna especie del reino animal trata a sus muertos como nosotros lo hacemos. Desde los inicios de la humanidad, el tratamiento de los difuntos ha pasado de ser inexistente a convertirse en una práctica cargada de significado social, religioso y territorial.
En los primeros estadios de la evolución humana (hace más de 500.000 años), no podemos hablar con seguridad de prácticas funerarias como tal. Los restos humanos aparecen en contextos naturales, en cuevas o covachas, sin evidencias de ritual. Sin embargo, en la Sima de los Huesos (Sierra de Atapuerca), datada en torno a 430.000 años, encontramos una acumulación intencional de cadáveres de Homo heidelbergensis —28 individuos—, además de un bifaz depositado allí adrede. Algunos investigadores, como Juan Luis Arsuaga o Nohemí Sala, interpretan este hecho como una forma primitiva de deposición funeraria: quizá el primer indicio de conciencia de la muerte en Europa.

Con los Homo neanderthalensis (entre 200.000 y 40.000 años), aparecen los primeros enterramientos claros en yacimientos como la cueva de La Chapelle-aux-Saints (Francia), Shanidar (Kurdistán) o Kebara (Israel), donde han aparecido restos óseos colocados en posición flexionada, en fosas excavadas y con posible presencia de ofrendas (flores, herramientas, uso de pigmentos). En la península ibérica no hay pruebas directas de ritual funerario, aunque futuras investigaciones en la Cueva de El Sidrón (Asturias) y en la Cueva de Gorham (Gibraltar) podrían darnos nuevas pistas sobre ello.
No será hasta la llegada del Homo sapiens a Europa cuando el mundo funerario se hacen más complejo, con rituales más elaborados y la introducción de ajuares.
ESCASEZ DE INFORMACIÓN
El análisis del registro arqueológico del Paleolítico Superior en la Península Ibérica (40.000 – 10.000 a.C.) pone de manifiesto un hecho fundamental: la extrema rareza de enterramientos. A diferencia de lo que ocurre en etapas posteriores, las evidencias son muy limitadas, hasta tal punto que únicamente se han propuesto dos posibles casos en toda la península: la Cueva de Morín (cornisa cantábrica) y el abrigo de Lagar Velho (Portugal).
Se interpreta que durante este período no existieron prácticas funerarias complejas. Los huesos encontrados se hallan fragmentados y desarticulados (no están en posición anatómica), sin ajuar y sin estructuras funerarias. ¿Qué significa esto? Significa que los cuerpos pasarían, primero, por un proceso de descomposición en otro lugar, seguramente al aire libre. Tras esta transformación, se recogían los huesos y se depositaban en la cueva. A esto se le llama en arqueología “depósitos secundarios”.
Asimismo, la localización de estos restos en sectores concretos de la cavidad, junto a su proximidad a manifestaciones de arte rupestre, permite plantear la existencia de una relación intencional y de carácter simbólico entre el uso del espacio y las prácticas desarrolladas en él.

El descubrimiento más importante de la Axarquía lo tenemos en Nerja, en cuya cueva encontraron uno de los esqueletos mejor conservados de Europa de época epipaleolítica (10.000-8.000 a.C.). “Pepita”, como así la bautizaron, fue estudiada en 1982 por el antropólogo Manuel García Sánchez, dando como resultado una serie de datos muy interesantes. Se trata de una mujer de aproximadamente 20 años, con una estatura estimada de 1,53 m, lateralidad zurda y evidencias de patologías como otitis. Asimismo, presenta un notable desgaste en las articulaciones de las rodillas, lo que sugiere la adopción frecuente de posturas en cuclillas, probablemente relacionadas con actividades de carácter doméstico.
LAS PRIMERAS MANIFESTACIONES
El Neolítico (5500 – 3000 a.C.) en el sur de la península ibérica se caracterizó por una profunda transformación en las formas de vida de las comunidades humanas. No obstante, en el ámbito malagueño este cambio no supuso un abandono inmediato de las prácticas cazadoras-recolectoras. La transición hacia un modo de vida basado en la agricultura y la ganadería fue progresiva, manteniéndose durante un tiempo la explotación de los recursos naturales del entorno. Así, estas comunidades continuaron recolectando bellotas y frutos del bosque mediterráneo, cazando especies como cabras, ciervos y jabalíes, y practicando la pesca en zonas costeras. Este modelo económico, caracterizado por la combinación de estrategias productivas y depredadoras, se denomina economía mixta.
Este cambio económico favoreció la sedentarización de la población, dando lugar a la aparición de aldeas estables y a una ocupación más permanente del territorio, pero aún con cierta movilidad estacional.

En el mundo funerario, se produce un punto de inflexión con respecto a la etapa anterior. Van a usarse las cuevas como lugares de enterramiento —coexistiendo con el espacio de hábitat—. Pero esta vez se registran claras actividades ritualistas: los cuerpos aparecen en posición fetal, depositados en fosos o túmulos y acompañados por ajuares, herramientas de piedra, adornos y cerámica. Ejemplos de esto los tenemos en el Complejo del Cantal (Cueva del Tesoro, Cueva de la Victoria), el Complejo del Humo y la Cueva de Nerja.
Paralelamente, se configura una concepción colectiva del enterramiento. Los individuos pertenecientes a un grupo se acumulan en el mismo espacio de la cueva. Este modelo funerario responde a una organización social en la que la identidad individual queda subordinada a la tribu, clan o comunidad. Los enterramientos no buscan destacar a una persona concreta, sino integrar al difunto dentro de una continuidad colectiva, reforzando los vínculos entre los vivos y sus antepasados. La muerte adquiere una dimensión social, en la que el espacio funerario se convierte en un lugar de memoria compartida.
Con el avance hacia el Neolítico final y, sobre todo, a lo largo de la Edad del Cobre, se produce una nueva transformación cultural: No solo se van a utilizar las cuevas como espacios funerarios, sino que se construirán monumentos con grandes bloques de piedra (megalitos).
COMUNIDADES Y DÓLMENES
Durante la Edad del Cobre (c. 3000–2200 a.C.), la Axarquía experimenta una consolidación de las comunidades agrícolas y una creciente complejidad social. Para comprender el tránsito del Neolítico a la Edad de los Metales tenemos que aludir al yacimiento de Los Millares, que, aunque situado en la actual provincia de Almería, ejerce una gran influencia sobre el sureste peninsular. Los Millares fue un notable poblado proto-urbano que ejerció como centro de poder territorial, albergado un sistema defensivo complejo: murallas, bastiones y fosos. También fue un lugar de producción sistemática de metalurgia del cobre. En este contexto se desarrolla plenamente el megalitismo, que coincide con la expansión de amplias y organizadas redes de intercambio, tanto por vía marítima como terrestre (aparecen, por ejemplo, piezas de ámbar siciliano en enterramientos andaluces).
Los yacimientos del Calcolítico en la Axarquía han sido estudiados por José Ramos Muñoz, Emilio Martín Córdoba y Ángel Recio Ruiz. Uno de ellos es el Tajo Doña Ana (Alfarnatejo). Se trata de un asentamiento de pequeñas dimensiones, localizado en un entorno montañoso del alto valle del Vélez, donde se documenta una industria lítica en sílex homogénea, con predominio de restos de talla sobre útiles, lo que sugiere tanto actividades domésticas como productivas.
El Tajo Doña Ana no es un enclave aislado, sino que se integra en una red territorial más amplia, en la que se destacan Cerro Alcolea —gran taller lítico—, Cortijo de la Cueva, Cortijo Las Palomas, Las Mezquitas (Periana), Cortijo Pulgarín, Cortijo Sábar y Fuente del Conejo (Alfarnatejo), Cerro de Capellanía (La Viñuela) o Peña de Hierro (Cútar). Todos estos enclaves evidencian una clara articulación del espacio, con especialización funcional y aprovechamiento de los recursos naturales: pequeños asentamientos itinerantes al aire libre, talleres de sílex y poblados mayores.

En el contexto funerario, aunque la Axarquía no concentra grandes monumentos megalíticos como Antequera, sí presenta evidencias modestas que son fundamentales para entender la expansión del megalitismo en Málaga.
Un ejemplo de ello lo tenemos en el dolmen del Cerro de la Corona (Totalán). Este yacimiento sufrió continuos expolios hasta que fue excavado en los años 90. Allí se inhumaron al menos 10 personas, y apareció un modesto ajuar basado en un microlítico triangular, un hacha pulimentada, un pequeño vaso de cerámica a mano y un fragmento de borde de un cuenco, igualmente a mano. La única datación que se ha podido realizar sobre una muestra de hueso humano proporciona una cronología de la Edad del Bronce, lo que indica que la tumba fue reutilizada en distintos períodos.

El dolmen de Totalán se trata de una construcción sencilla, levantada con materiales disponibles en el entorno inmediato, lo que evita la necesidad de transportar grandes bloques desde largas distancias y supone un evidente ahorro de tiempo y esfuerzo. Se sitúa en un emplazamiento elevado y bien visible, con amplio dominio del paisaje, lo que apunta a una posible función simbólica relacionada con la delimitación o afirmación del territorio por parte del grupo. Por último, su ubicación no parece casual, ya que se encuentra en un punto estratégico vinculado a las rutas de comunicación entre la costa y el interior, especialmente al corredor natural Colmenar-Casabermeja, en dirección al gran complejo dolménico de Antequera.
Igualmente, se han localizado otros enterramientos de un tipo de estructura mucho más simple y de dimensiones más reducidas que las hasta ahora conocidas (Chaperas, Tajillo del Moro, Eras del Cura y Cerro Casa Arias).
La escasez de dólmenes en la Axarquía se debe principalmente a varias razones: la existencia de comunidades más dispersas; la fisonomía del entorno, al ser muy montañoso y la dificultad de movilizar grandes bloques; así como la fuerte continuidad del uso de cuevas.
DE LO COLECTIVO A LO INDIVIDUAL
La Edad del Bronce (c. 2200–800 a.C.) supone en la Axarquía malagueña cierta continuidad cultural, aunque se introducen cambios significativos, especialmente en el desarrollo de la metalurgia del bronce —aleación de cobre y estaño—, que permite la fabricación de útiles y armas más eficaces y duraderas. Frente a las sociedades del Calcolítico, caracterizadas por redes de intercambio abiertas y una ocupación relativamente dispersa del territorio, el Bronce se define por una creciente jerarquización social y un mayor control del espacio.
La Axarquía de la Edad del Bronce se expande en torno a la cuenca del río Vélez, que conforma el eje vertebrador del poblamiento. Los asentamientos se reorganizan, abandonándose muchos núcleos menores y concentrándose la población en enclaves estratégicos situados en altura, con amplio dominio visual del territorio. Yacimientos como Peña de Hierro (Cútar), Cerro de Capellanía (Periana), Cerro de la Negreta (Alcaucín) o Los Poyos del Molinillo (Frigiliana) evidencian este nuevo modelo de ocupación. Al mismo tiempo, según la hipótesis de Emilio Martín Córdoba y Ángel Recio Ruiz, en este periodo aumenta la conflictividad, con enfrentamientos, razias y saqueos vinculados al control de recursos, excedentes y vías de intercambio, lo que conduce a la progresiva militarización del paisaje y a la construcción de estructuras defensivas.

Uno de los cambios más significativos se produce en el ámbito funerario. Frente a los enterramientos colectivos del Neolítico y el Calcolítico —especialmente en cuevas o monumentos megalíticos—, en la Edad del Bronce se impone un modelo basado en la individualización de la muerte. Aparecen las cistas, estructuras funerarias formadas por lajas de piedra que delimitan una pequeña cámara, generalmente destinada a un solo individuo.
En la Axarquía se han documentado diversas necrópolis y áreas funerarias asociadas a cistas y cuevas, entre las que destacan:
Necrópolis de Peña de Hierro (Cútar), con zonas de cistas asociadas al asentamiento
Necrópolis del Cerro de la Negreta (Alcaucín), con enterramientos individuales y ajuar
Áreas funerarias en el entorno de Colmenar–Periana, vinculadas a poblados como Cerro de Capellanía.
Un enterramiento en cueva en Los Poyos del Molinillo (Frigiliana)

Los individuos enterrados en estas cistas suelen aparecer en posición flexionada, acompañados de ajuares que incluyen cerámica, objetos de adorno y, en algunos casos, elementos metálicos como puñales de bronce o placas de arquero. Estos ajuares no son homogéneos, lo que indica la existencia de diferencias sociales dentro de la comunidad. Así, el mundo funerario se convierte en un reflejo directo de la estructura social, evidenciando una creciente desigualdad y la aparición de élites guerreras.

DE LA PREHISTORIA A LA HISTORIA
La llegada de los fenicios a las costas de Málaga a partir del siglo VIII a.C. marca el final de la Prehistoria. Comienza un proceso de transformación profunda en el que las comunidades locales entran en contacto con una civilización mucho más avanzada en términos técnicos, urbanísticos, comerciales y culturales.
Uno de los aspectos donde este cambio se aprecia con mayor claridad es en la forma de entender la muerte. Hasta entonces, en la Edad del Bronce, los enterramientos eran sencillos, generalmente en cistas, y reflejaban una sociedad más cerrada y local. Sin embargo, con la influencia fenicia aparecen rituales completamente nuevos, como la cremación. El cuerpo del difunto se quema y sus cenizas se depositan en urnas que se entierran en necrópolis organizadas, situadas fuera de los poblados. A su vez, los difuntos se acompañan de objetos personales, joyas y amuletos, que en ocasiones proceden del extremo oriental del Mediterráneo.
En definitiva, aunque la cultura material de las sociedades prehistóricas de la Axarquía nos muestra diferencias sustanciales con respecto a las herramientas, la explotación de recursos y los enterramientos, podemos decir que —en esencia— habían permanecido relativamente iguales desde el Neolítico en adelante. Será con los fenicios cuando se inicie la fase histórica en la Axarquía, y ya nada volverá a ser lo mismo.
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